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PAREJAS, DESPAREJAS...

A uno le empieza ir bien en el trabajo y al otro, mal.
Uno está atravesando una alegría personal y otro está deprimido.
Los crecimientos no son iguales ...
¿es esto problemático o normal?

 

Ella, a quien se refiere el pediatra Enrique (35 años, un hijo), es su mujer, licenciada en economía “y le iba bien, muy bien. La ascendieron un día y bueno, nos pusimos contentos” opina con un dejo de ambigüedad “y a mí, en el consultorio me empezó a ir medio mal. La cuestión es que me agarró el bajón y eso contrastaba mucho con su alegría diaria. Las cosas se complicaron, no nos estábamos entendiendo”, recuerda el médico.

“Había una diferencia importante entre los sueldos de ambos, pero además, yo estaba muy pila con otras cosas: había empezado fotografía y yoga”, recuerda ella, Marcela (33 años) “era jodido, nos replanteamos mucho la relación”. ¿Las razones? “Entre otras, creo que el problema era el crecimiento desparejo”, intenta responder.

Para tratar el “problema” –si realmente es uno- en principio habría que empezar por definir qué se entiende por crecimiento. El crecimiento psíquico posee variables complejas (no precisamente observables) que deben ser analizadas caso por caso; pero no se trata de una constante lineal. Una persona crece y madura a partir de su historia personal, supera ciertos obstáculos. Todo crecimiento implica pérdidas y la posibilidad de tramitarlas.

Es como cuando terminás la primaria: depende de cómo tramites la pérdida, te sentirás de una manera (u otra) en el secundario. A eso que elaborás lo llamamos duelo: consiste en tomar noticias de que una cosa se ha perdido para siempre y que nos queda el recuerdo. De la pérdida al recuerdo hay toda una elaboración que implica la angustia, el llanto, el enojo, la tristeza y demás; es un proceso que empieza y termina. La cuestión es que ese proceso deja marcas, y el crecimiento se apuntala en éstas: nos advierten con qué herramientas contamos para enfrentar nuevas situaciones.

Cuando una persona va creciendo, se enfrenta con su historia y la manera en la que fue resolviendo. Cuando ésta se encuentra en pareja el panorama es otro: aparecen las diferencias acerca de cómo se trata a la realidad (vinculadas a los recorridos de vida particulares). Ante un obstáculo, A tiene cuchillo y tenedor, B cuchara y cucharón. Este puede ser resuelto en minutos por uno y en horas por otro.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando a A le recortan el salario o lo despiden? Su situación real se torna más compleja y la resolución del problema, también. ¿Qué pasa con la preocupación que trae de vuelta a su casa? Hay un esfuerzo de A para resolver esto que le aqueja que no depende de él.

Tal vez este nuevo escenario puede armar una fuente de conflicto con B (que tampoco puede con éste) donde la preocupación y la ansiedad por resolverlo se vuelven algo insostenible.

“Durante el tiempo que estuve en ese bajón, se sumó que disfrutaba menos de estar con Marcela, no tenía ganas de salir ni bancarme a los pibes (aunque ellos, pobres, no tenían nada que ver). Me obsesionaba descubrir que ya no era yo el que pagaba el club y el cine. No sé, me costaba mucho asumirlo”, admite Enrique.
Detrás de los testimonios a veces se esconden los mitos, entre ellos, el de la igualdad. Es necesario ver cómo hacen A y B para reencontrarse, pero no a pesar de las diferencias, sino con las diferencias. Este con significa ponerse a laburar, tratar de apoyarse mutuamente. Si en este momento B está mucho mejor con su historia personal debe tratar de colaborar con A para que sea más llevable su situación. Pero además A tiene que empezar a poder pedir ayuda y aceptar que B puede estar mejor.

Este tipo de cambios puede chocar con los típicos lugares sociales designados para los hombres y las mujeres a través de la cultura, las tradiciones; conmoviendo los lugares que cada uno ocupa no sólo en su trabajo, sino en la familia. Cosa que produce un movimiento “de las placas tectónicas” (las que soportan los continentes) ¿qué se puede hacer ante estos momentos críticos?

Una opción es que B diga ‘vos tenés esa dificultad, estás más tenso, yo entonces flexibilizo otras cuestiones. Te banco así hasta que la puedas o la podamos resolver. Te acompaño más: si querés podemos estar más con tus amigos, visitar a tu familia, conversar más de lo que sentís (y yo, salir menos con mis amigos)’. O sea, hacer un trabajo plus de contención.

Pero no sólo una de las partes cambia, la otra debe poder soportar perder ese lugar de llevar los pantalones de la casa, entre otras cosas. El conjunto de todo esto cuestiona el punto de seudo-seguridad supuesta con la que todos vivimos. Basta con que pase algo que nos muestre lo contrario para que nos demos cuenta que éste no existía, sólo era imaginario.

Por eso resulta esencial no preasignar roles rígidos e inmodificables: la mujer no limpia la casa y se encarga de los chicos, ni el hombre trae el pan de cada día. En el contrato de armado de la pareja tiene que existir la posibilidad y versatilidad de hacer de nuestras diferencias eso que nos acompañe y contenga. La relación que construimos es un rompecabezas de piezas asimétricas, que armamos y rearmamos constantemente.

Lo cual va más allá de los roles que la sociedad propone y estandariza, porque una de las consecuencias negativas de la estandarización es el borrado de las diferencias, la homogenización. La idea es correrse de la seriación, armar una base de pareja que nos permita afrontar la realidad sea cual fuere, porque podemos reacomodar las piezas, ser versátiles en los momentos que cada uno vive en su dimensión laboral más allá de la competencia de quién es más exitoso, gana más plata o es más reconocido. Se trata de transitar –simplemente- las diferencias.

 

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