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BELÉM DO PARÁ, BRASIL

En enero del año 1500, el navegante sevillano Vicente Yáñez Pinzón avistó unas tierras singulares que constituían la desembocadura de un enorme río. En septiembre de ese mismo año, a su regreso a España, todavía no sabía que acababa de descubrir para el mundo occidental las bocas del gran río, el mayor y más caudaloso que existe sobre la faz de la tierra: el Amazonas.

 

Pasaron más de cuarenta años hasta que otra expedición, iniciada en Quito al mando de Gonzalo de Pizarro, y concluida en las aguas del océano Atlántico a finales de agosto de 1541 bajo las órdenes de Francisco de Orellana, realizara la gesta de navegar a lo largo de todo el curso del gran río y le regalara el nombre de Amazonas, al hacerse eco de las anotaciones registradas por el cronista de la expedición, el fraile dominico Gaspar de Carvajal, en las que acreditaba haber mantenido un enfrentamiento armado contra una tribu de mujeres guerreras, que identificó como las amazonas de los relatos de la antigüedad griega clásica.

Aunque de dudosa credibilidad, lo cierto es que aquellos hechos acabaron por dar el nombre a esa enorme arteria que casi parte en dos el continente americano, naciendo en los Andes peruanos y surcando imparable las tierras hacia el este, casi en paralelo a la línea del ecuador, hasta desembocar en el océano Atlántico. Más de 6300 kilómetros de longitud, que hacen de este sistema fluvial, constituido por cientos de ríos secundarios y afluentes, el más extenso del mundo, llegando a recoger casi del 20 por ciento del agua dulce que existe en nuestro planeta.

Largo es su camino, y extenso su devenir, mayor o menor en función del caudal fruto del índice de pluviosidad y de su ubicación, pudiendo pasar a medir desde 11 kilómetros de anchura en algunos lugares de su curso, hasta los más de 300 kilómetros que llega a medir en su desembocadura. Es tal el caudal que el río vierte en el Atlántico que sus aguas pueden llegar a adentrarse hasta 200 kilómetros en el océano sin perder su identidad.

Cuando el gran río llega al mar, se desmenuza en una multitud de canales de mayor o menor calado, que constituyen un enorme entramado de islas marítimo-fluviales que dan vida al delta del Amazonas. Muchos de ellos son navegables por buques de gran calado dando lugar a enormes islas y bahías que posibilitan los asentamientos humanos.

La desembocadura del Amazonas, administrativamente, forma parte del estado de Pará, el segundo más extenso de Brasil, con 1.250.000 kilómetros cuadrados, esto es, dos veces más grande que la península Ibérica. Su capital es Belém, ciudad situada en la bahía de Guajará, que todavía dista unos 130 kilómetros del Atlántico, y con una población algo superior al millón trescientos mil habitantes.

Cuatro de junio de 2005, antes de aterrizar en el aeropuerto internacional de Val de Cans. Desde aquí, desde el cielo, desde este avión, entre las nubes, todo el suelo es verde y marrón. El verde lo brinda la selva, esa selva ecuatorial que puebla todas las islas que constituyen el estuario del gran río, con sus enormes árboles y su densa vegetación que no permite ver el color de la tierra que les sirve de cuna. Y el marrón lo regala el agua, esa enorme extensión de agua dulce que al tiempo que arrastra y limpia todo lo que la naturaleza y la civilización evacuan, les da el alimento y el sustento necesario para asegurar su subsistencia: el río es la vida.

Belém do Pará, puerta del Amazonas, se halla situada sobre un cabo que hiere profundamente la bahía de Guajará, donde el río Guamá se une, formando un inmenso estuario, a los ríos Pará y Tocantins. La denominada "Cidade das Mangueiras", cobra tal nombre de la enorme cantidad de majestuosos mangos que crecen en sus calles, llegando a formar verdaderos corredores y túneles verdes, por los que discurren vehículos y personas. La ciudad, situada un grado al sur del ecuador, goza, o sufre, durante todo el año de elevadas temperaturas, con mínimas que no descienden de los 20 grados centígrados, y que, junto con una tremenda humedad, producto de la los elevadísimos índices de pluviosidad, configuran uno de los ejemplos más claros de la adaptación de la especie humana a cualquier medio, sea al precio que sea. Porque en Belém, como dicen los belemeses, "o llueve cada día, o llueve todo el día", siendo así tímida la diferencia entre las dos estaciones anuales: la lluviosa y la menos lluviosa; y es tal la presencia de la chuva en la misma sociedad que los pobladores conciertan citas antes o después de la misma, y es que cada tarde, entre las 4 ó las 5, llueve, y gracias al cielo, nunca mejor dicho, pues es la única manera de sacudirte de encima el bochorno que amenaza con deshidratarte.

Belém, fundada en 1616 por los portugueses, en un intento de controlar y de proteger al mismo tiempo la desembocadura del Amazonas de las incursiones del resto de potencias coloniales europeas, principalmente Francia y Holanda, tuvo su origen en el Forte do Castelo, conocido en sus inicios como Forte do Presépio, y que dio lugar a la colonia inicial, que fue llamada Feliz Luzitânea. Hoy, en el fuerte, visitable de martes a domingo, además del propio recinto modernamente rehabilitado, se puede contemplar una interesante exposición sobre los orígenes de la colonia, habilitada en las antiguas dependencias militares. Alrededor del antiguo fuerte, hacia el sur, se forjó la Cidade Velha, núcleo inicial de establecimiento de la población local, estructurado linealmente en estrechas calles vestidas al viejo estilo colonial portugués, forradas en blanco, antiguo y con algo de melancolía y tristeza, y ornamentado por destartaladas iglesias barrocas como la de Nossa Senhora do Carmo. Junto al fuerte, la Praça de Dom Frei Caetano Brandâo, que aglutina todo un conjunto de edificios históricos importantes: allí yacen la casa das Once Janelas, antigua residencia de terratenientes, hoy dedicada al arte y la cultura; la Igreja da Sé o Catedral Metropolitana edificada al estilo barroco neoclásico portugués colonial del XVIII, dedicada a Santa María de Belém y que por estos días está siendo reformada para retomar el color y el sabor que el agua y el viento le robaron tiempo ha; y la antigua pero límpida y reformada Igreja de Santo Alexandre, hoy reconvertida en Museu de Arte Sacra do Pará.

A unos pasos, se abre ante tus ojos una enorme explanada, ocupada por la Praça do Relógio y por la de Dom Pedro II. La primera de ellas, realmente denominada Praça de Siqueira Campos, cuenta con un interesante reloj modernista montado sobre una torre de 12 metros de altura que ornamenta su centro, regalándole así el nombre popular, y estando flanqueada por coloridos edificios coloniales, recoge en su margen norte un reducido muelle donde todavía atracan pequeños barcos pesqueros y donde los negros urubús, que no son más que los buitres brasileños autóctonos, sacian sus instintos de limpiadores naturales, cuando la marea baja y muestra los desperdicios que el agua arrastra y la arena amaga. A su lado, la Praça de Dom Pedro II, entre monumentos disimulados y casi ocultos por una espesa vegetación, acoge dos espectaculares edificios erigidos en los últimos años del siglo XVIII: el primero, el Palácio Antonio Lemos o Palácio azul, debido al color celeste de su fachada, hoy alberga la Prefectura y el Museu de arte de Belém, y el segundo, el Palácio Lauro Sodré o Palácio do Governador, que antaño fue sede de la administración colonial portuguesa y hoy ha sido reconvertido en el Museu do Estado do Pará, utilizándose algunas de sus salas para organizar exposiciones temporales: por estos días se puede contemplar una preciosa exposición sobre el célebre compositor musical paraense Waldemar Henrique.

A un tiro de piedra, al noroeste siguiendo la línea del río, encontrarás uno de los elementos urbanísticos más característicos y a la vez más bellos de la ciudad, el Mercado de Ver-o-peso. En realidad más bien es un complejo, formado por multitud de puestos de venta donde se exponen las mercancías, agrupadas por géneros, siendo el elemento más destacado el mercado del pescado, habilitado en un edificio con aires modernistas, blindado en azul y forjado en hierro europeo importado de tierras británicas cuando la ciudad vivía la etapa más jubilosa de su historia, el siglo XIX, en el apogeo del caucho, la borracha, como producto monopolizado en exclusiva por la Amazonía. Curioso es evocar el origen del nombre, pues este viene dado por la costumbre que tenían los recaudadores de impuestos portugueses, del tiempo en que Belém era una colonia, de comprobar el peso de las mercancías que entrando o saliendo de la ciudad, pasaban por aquella ciudad, con ánimo de cobrar los aranceles pertinentes: esa era su obsesión, ver el peso de los productos y cobrar en relación a ello, por supuesto.

Y algo más al este, sin dejar la ribera del río que llega hasta el mar, podrás alcanzar la Estaçao das Docas, espectacular complejo de ocio de 30.000 metros cuadrados y 500 metros de ribera fluvial, compuesto por restaurantes, bares, comercios y tiendas de artesanato, ubicados en los antiguos almacenes portuarios del antaño floreciente puerto, y hoy en pleno proceso de reflotamiento, donde se dedica un interesante programa de actos y espectáculos a difundir la cultura y la tradición, y a ejercitar el ocio y la diversión. Este proyecto, mediante el que se han reformado tres de los barracones portuarios, forjados en hierro inglés, continuando el resto dedicados a las tradicionales labores de transporte de pasajeros y mercancías, y conservando gruas y demás elementos propios de las antiguas instalaciones porturarias como tributo a su pasado, constituye una importante reconversión de obsoletos elementos en una práctica y rentable realidad, una apuesta de futuro que es expresión palpable de que la inversión turística y cultural empieza ya a formar parte del presente rentable y solvente de esta ciudad.

A continuación ascendiendo por la Avenida Presidente Vargas, bordeando la concurrida y transitada zona comercial, donde puedes comprar cualquier cosa a precios competitivos, llegarás a la Praça de la República, centro neurálgico de la nueva Belém. Esta enorme plaza aparece empedrada a la manera lisboeta, con miles de pequeñas piedras blancas y negras que unidas, unas con otras, alfombran su suelo dotándolo de formas, colores, luces y sombras. Y allí entre el siempre presente verde exuberante de la Amazonia, junto al Bar do Parque, típico lugar para disfrutar de las bebidas y demás excelencias locales, puedes encontrar el símbolo arquitectónico de la ciudad por excelencia, el Teatro da Paz.

Hubo un tiempo en que Belém quiso ser París. Fruto de la riqueza desorbitada que durante el siglo XIX originó la exportación del caucho, se creó una burguesía emergente que, junto con la aristocracia dominante, intentó rodearse de todos aquellos elementos que incrementaran su glamour con ánimo de asemejarse a la ciudad soñada. Así se diseñaron jardines y se construyeron edificios a la francesa, y el más notable de todos ellos fue el teatro de la ópera, precioso y exuberante, como la misma selva, pero extrañamente ubicable en estas latitudes. En 1878 se erigió este primer teatro amazónico, después le seguiría el teatro de la ópera de Manaos, que fue edificado en un magno y deslumbrante estilo neoclásico con espectaculares columnas corintias sobre la entrada, y bautizado con el nombre de Teatro de Nossa Senhora da Paz. La espectacular madera del Amazonas que recubre su suelo, los bronces forjados sobre las escaleras, creados para ser pisoteados al subir piso a piso, las enormes arañas de mil lágrimas que irradian luz al complejo, los majestuosos frescos italianos que brindan color a sus techos y los adornos cubiertos en oro que decoran las tribunas, son sólo algunos de los rasgos apreciables en su megalómano interior.

Y andando o a bordo de uno de los desbocados onibuses (autobuses urbanos), que innumerables cabalgan por la ciudad, nos dirigimos al barrio de Nazaré, así llamado porque entre lujosas mansiones que nos traen recuerdos de otras épocas, gloriosas pero olvidadas, hallamos la Basílica de Nossa Senhora de Nazaré. Erigida en el mismo lugar donde el caboclo Plácido, allá por el 1700, halló la imagen de la Virgen de Nazaré, que los portugueses habían traído de Portugal. Cuenta la leyenda que, misteriosamente, cuando llevaban la imagen a la Igreja da Sé, en poco tiempo volvía a aparecer en el mismo lugar donde la había descubierto el lugareño, sin que nadie encontrara explicación satisfactoria a tal fenómeno, y así se decidió construir, en aquel mismo lugar, una capilla votiva, hasta que en el año 1852 se edificó la actual Basílica. Espectacular obra de enormes dimensiones, en su planta está inspirada en la Basílica de San Pablo de Roma, destacando un interior elevado mediante 32 columnas de granito y embellecido con vitrales traídos de Francia e importados mármoles de Carrara.

Aquí tiene lugar el acontecimiento anual más famoso de la ciudad: el Cirio de Nazaré. Cada segundo domingo del mes de octubre, los belemeses toman en volandas el trono con su Virgen y lo sacan en procesión a la calle, paseándola entre la devoción y la oración de feligreses y curiosos, en un itinerario que partiendo de la Catedral concluye en la Basílica. Esta costumbre, eminentemente católica y tan extendida en nuestra España, llega a reunir hasta dos millones de fieles en las calles, tal es el fervor religioso en esta ciudad y en este país.

Y avanzando un poco más por la Avenida de Nazaré, cuando la avenida cambia su nombre por el de Governador Magalhanes Barata, hallamos el Museu Paraense Emilio Goeldi. Ubicado en una antigua Rocinha, que viene a ser una hacienda rural donde vivían las familias acomodadas en el siglo XIX, fue fundado en 1866 y recoge en sus 50.000 metros cuadrados más de 3000 especies vegetales y animales. Es todo un explícito compendio de la selva amazónica, donde destacan enormes árboles como un Guajará de más de 150 años de antigüedad, una Samaumeira de 46 metros de altura, así como animales tan paradigmáticos de la Amazonía, como la Onça (jaguar), el peixe-boi (manatí), el jacaré (cocodrilo), etc... Además, en el mismo complejo también puedes visitar un precario pero interesante acuario, de peces de agua dulce en su mayoría, así como dos exposiciones, ubicadas en la antigua residencia del propietario de la rocinha, en que puedes vislumbrar el proceso de restauración del recinto y aprender sobre los iniciales pobladores de la zona durante la prehistoria amazónica.

Si por algo me sorprendió la ciudad, es por la integración de la naturaleza con la civilización. La exuberancia vegetal y animal de este enorme parque zoobotánico parece difícilmente compatible con una organización humana compleja como es una ciudad, pero ello se consigue en varios enormes parques, verdaderos pulmones urbanos.

De parecida condición, hallamos el Jardim Botánico o Bosque Rodrigues Alves, exuberante derroche de naturaleza vegetal y en menor medida, animal. Excelente lugar para disipar entre las sombras el insufrible calor que domina el día mientras no llueve.

En este sentido también puedes hallar el Margal das Garzas, instructivo complejo de reciente creación que crea y preserva un microclima típicamente ribereño del Amazonas, con su flora y su fauna, además de una espectacular torre observatorio, desde la que se puede vislumbrar todo el complejo, así como de estanques, viveros y recintos de cría y observación de colibrís (beija-flor), mariposas (borboletas), garzas (garças), flamencos (guarás), etc...

Y no puedo dejar Belém sin ceder un espacio a su estupenda gastronomía, heredera de la cultura indígena, en la que destacan espectaculares platos, tales como el Pato no Tucupí, la Maniçoba, el Tacacá, el Munguçá... El arroz y el feijao (alubias), y el frango (pollo), son platos básicos, así como la farinha (harina de mandioca), condimento necesario en cualquier comida, y que adobada con mantequilla se denomina farofa. También es de consumo habitual el peixe (pescado), destacando el Pirarucu, la Pescada, la Dourada, etc... Y todo ello sin obviar el papel fundamental que ocupan las frutas y sus zumos dentro de la alimentación local, encontrándose numerosas y muy sabrosas, de nombres mágicos e imposibles, y desconocidas en nuestras latitudes, tales como la acerola, el cupuaçu, el caju, el maracujá, el bacuri, la pupunha, etc..., y sin olvidar a las conocidas abacaxi (piña), el morango (fresas), el mamao (papaya), la laranja (naranja), la goiaba (guayaba) y decenas de frutas más, finalizando la lista con dos eminentemente amazónicas: la primera, una especie de baya con caraterísticas revitalizantes conocida bautizada por los indígenas con el nombre de Guaraná; y la segunda el Açaí, también una baya del tamaño de una cereza y de un color morado, que triturada se toma líquida, siendo un reconstituyente ampliamente difundido por estas latitudes.

Y antes de concluir, este viajero no puede evitar echar la vista atrás y recordar con cariño el maravilloso carácter de las gentes del lugar, con esa simpatía espontánea, inmanente y natural, que derraman al hablar, así como expresar mi más sincera admiración ante la belleza sin parangón de sus mujeres, de tan hermosos rasgos fruto de la mezcolanza de las razas indígenas, europeas y africanas.

Belém, vieja ciudad vertical, verde y marrón, el río que te regaló sus colores hoy te impone una eterna guardia antes de su lucha contra el mar.

Belém, así es como yo te vi, eres tanto en tan poco, que hoy ya sé porqué volví a ti.

 
 
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