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BAHAMAS

Los que llegan por primera vez a las Islas de las Bahamas se dan cuenta rápidamente de que éstas tiene todo y nada que ver con lo que habían escuchado de ellas hasta el momento. Situadas a tan sólo cincuenta millas de las costas de Florida, la reputación que se han ganado sus gentes, sus playas y sus pequeños misterios ha hecho que sean consideradas como una referencia obligada cuando hablamos del paraíso. Salvajes lo son, sin duda, sobre todo si se tiene en cuenta que entre sus dos islas más alejadas, la Gran Bahama y la Gran Inagua, se esconden otras veintitrés pequeñas islas deshabitadas y más de mil islotes que en siglos pasados sirvieron de refugio a piratas y bucaneros.

 

No podríamos empezar nuestro pequeño viaje por Las Bahamas por otro lugar que no fuera Nassau, su capital. Llegar a esta ciudad es como volver a la época en la que el legendario pirata Barba Negra imponía su propia ley. Pero Nassau tiene dos caras. Por un lado, nos brinda la posibilidad de admirar las bellas mansiones victorianas, las catedrales y las fortalezas del siglo XVIII que aún se conservan. Por otro, nos enfrentamos de golpe al toque de decadente modernidad que le dan sus hoteles, casinos, cabarets, y centros comerciales. Todo ello amenizado con los platos típicos de la zona: conchas repletas de frutos tropicales, meros, pescado hervido, guisantes y arroz, etc.

Apenas a media hora del bullicio de Nassau, nos topamos con Andros, una de las islas menos exploradas, lo cual significa que te cruzarás más a menudo con todo tipo de animales y plantas curiosas antes que con seres humanos. Incluso es posible que te encuentres con un “chikcharnie”, criatura mítica que según la tradición se caracteriza por tener tres dedos en las manos y los pies, y los ojos rojos. Aquel que tiene la suerte de observarle de cerca, dice la leyenda, será afortunado el resto de su vida.

La segunda parada es la isla de Bimini, en la que hoy en día aún pueden verse los restos de los galeones españoles que yacen en el fondo del mar invadidos por corales y rodeados de exóticos peces. El legado de una isla que empezó siendo el punto de encuentro de comerciantes de ron y náufragos. Y es que Bimini vive y respira mar. Esto explica que haya sido fuente de inspiración para muchos escritores, entre ellos Ernest Hemingway. Cuando cae la noche lo mejor es visitar “Completa Angler” o el “End of the World”, donde es posible tomar un cóctel tranquilamente mientras se disfruta de música en directo.

La Gran Bahama es conocida porque en ella se encuentra la ciudad de Lucaya, la más cosmopolita y sofisticada, incluso por delante de Nassau. Se trata de un paraíso para los deportistas en el que se organizan todo tipo de campeonatos: pesca, tenis, golf, submarinismo, windsurf, etc. Una de las frases más populares en Las Bahamas es: “Si no pueden encontrarlos están en Lucaya o en la cárcel”.

La primera opción en el archipiélago de Abacos es sin duda salir a navegar en balandro, pero si está fuera de tus posibilidades no desesperes. Siempre puedes visitar el Parque Nacional de Pelícanos o el Parque Nacional de Abaco, situado al sur del archipiélago y que cuenta con veinte mil acres de extensión.

Hace trescientos años un pequeño grupo de peregrinos ingleses aterrizó en la región con la esperanza de poner en práctica una manera de entender la religión más libre. De ahí surgió Eleutera, que significa libertad en griego. Si buscas tranquilidad y calma has ido a parar al lugar adecuado. No hay que abandonar la isla sin visitar la cueva del Predicador, en la que sorprende la existencia de una capilla medio salvaje.

Inútil es proseguir sin permanecer, aunque sea unas horas, en la isla del Gato, cuyo nombre se debe a un famoso pirata británico, Arthur Catt, pero también a las hordas de gatos salvajes que los ingleses encontraron en este islote cuando desembarcaron en sus costas en el siglo XVI. La leyenda cuenta que estos animales son los descendientes de los huérfanos que dejaron los colonos españoles que huyeron en busca de oro a Sudamérica. San Salvador es otro de los grandes tesoros que esconde este país. De hecho, fue la primera de las islas que piso Cristóbal Colón cuando inició su conquista de Las Américas en 1492. De ella sólo pudo decir una cosa: “La belleza de esta isla supera a la de otras tal y como el día supera en esplendor a la noche”.

Las islas de la Inagua

En el caso de las islas de la Inagua, que deben su nombre a la iguana, su mayor riqueza no es su variedad sino la sal. La mayor compañía de la región produce más de medio millón de kilos al año, convirtiéndose en la segunda salina solar en América del Norte. Resulta especialmente fascinante observar cómo los nativos trabajan este producto. Muy cerca se encuentra la isla de Acklins, una de las menos conocidas de las Bahamas, lo que se debe, en parte, a su terreno, plagado de formaciones rocosas, que permitió que piratas y bucaneros establecieran en ella sus centros de operaciones, concediéndole una reputación más que dudosa. Su mayor atractivo radica en la gran cantidad de tortugas que alberga y que llega a resultar hasta molesta.

Poner el pie en la isla de Crooked es como entrar en un jardín en el que se han reunido las más increíbles fragancias del mundo. Tranquila y remota, en ella se pueden encontrar numerosos ejemplares de aves salvajes. Los habitantes de esta región son descendientes de esclavos y su filosofía de la vida, “el amo proveerá”, sigue siendo un ejemplo de la tradición que existió. El día a día es intuitivo. Una madera, una espina y poco más pueden servir para crear un instrumento cuyos sonidos, únicos en el mundo, acompañarán las noches calurosas.

En definitiva, Las Bahamas nos ofrecen una manera de ver la vida basada en la improvisación que nos aleja de los convencionalismos para llevarnos a un mundo salvaje del que podemos aprender tan sólo en el caso de que seamos capaces de no dejarnos guiar por un turismo fácil.

 
 
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