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POR QUÉ TIENE MIEDO MI HIJO?

Un niño llega con su madre a su primera clase de natación. Cuando ve la piscina, siente pánico. Mientras llora desesperado, la profesora, con serenidad y muchas palabras, decide llevárselo aparte. La madre observa la escena con el rostro medio desencajado. Finalmente, la profesora decide que es mejor que se marche, porque el niño está muy pendiente de todos sus movimientos.

 

Ella le tiene miedo al agua y no está siendo de gran ayuda para el aprendizaje del pequeño; el niño se ha hecho eco del miedo materno. Con paciencia, la profesora le enseña que el agua es un medio seguro.

Los niños son como esponjas que todo lo absorben y, si les proporcionamos miedos, los hacen suyos. De nada sirve descalificar a los miedosos. Por el contrario, conviene que se sientan aliviados por el adulto en momentos angustiosos. Hacer que los miedos desaparezcan no se consigue en dos días. Tampoco conviene culpabilizarlos con frases que les ponen en evidencia como: ¡Con lo grande que eres y tienes miedo!.

TEMOR GENERALIZADO
Hay ciertos miedos en los niños que son comprensibles, porque se dan tras experiencias traumáticas; por ejemplo, una hospitalización o una intervención médicas que le hayan marcado fuertemente (cada vez que vuelven a tomar contacto con ese ambiente, se angustian), o separaciones sin palabras (cuando sus padres lo dejan con otra persona es un recordatorio de aquel momento tan doloroso).

Pero existen otros temores que están determinados por la inseguridad en los vínculos afectivos. Son muy frecuentes, desgraciadamente, las desafortunadas amenazas de los padres para conseguir un comportamiento determinado en el niño. Cuando los padres se desesperan suelen aparecer frases como: Te vamos a enviar a un internadoo Te quedarás solo en tu cuarto y no saldrás hasta que no te portes bien.

Estas situaciones, lejos de ayudar, convierten el miedo en ansiedad. De este modo, se fortalecen los sentimientos de desamparo y abandono. Además, cuando los niños son muy pequeños, aún no pueden distinguir entre lo que se dice y lo que se hace. Entonces, la amenaza de abandono, por ejemplo, se convierte para ellos en una realidad. Cuando estas ideas y sentimientos tan extremos tienen valor de realidad, los miedos se generalizan.

CÓMO PUEDES AFRONTARLO
 

  • Lo mejor es expresarlo.
    El objetivo es tratar de aliviar los miedos del niño no diciendo que su temor es una tontería, sino mostrándole nuestra comprensión. Le podemos pedir que nos hable de lo que siente, preguntarle si le ha ocurrido algo que justifique su temor, etc. Si no se trata de una fobia, después de algún tiempo, el miedo irá desapareciendo: el pequeño observará que los demás pueden hacer cosas que a él le atemorizan sin que les suceda nada, por ejemplo, nadar.
     

  • Úsalo como barrera.
    A pesar de lo que generalmente se piensa, sentir miedo no deja de ser una capacidad del ser humano que, cuando no paraliza al sujeto ni es extremo, puede servirle de protección en muchos momentos de la vida. Por ejemplo, el niño que le tiene miedo al agua, sólo se meterá en la piscina cuando, superado su temor, haya aprendido a nadar.

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