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¿CÓMO EDUCAS A TU HIJO?

Todos entendemos que para que una planta crezca con salud necesita unas condiciones adecuadas: de luminosidad, hidratación, un suelo convenientemente preparado, escardado y abonado... Si la planta se encuentra a gusto, crecerá fuerte y sana.

 

Las expectativas
El niño nace y se desarrolla dentro de un ambiente familiar determinado, y las condiciones que éste entorno le proporcione, junto con las variables individuales: psicológicas (rasgos innatos de personalidad) y biológicas, determinan cómo es el niño y cómo se comporta.

En esta labor de “jardineros” son muchas las variables que intervienen, y quizá las más importantes son aquellas que en el día a día dan forma al ambiente familiar, los pequeños detalles: como por ejemplo las expectativas que tenemos y reflejamos sobre nuestro niño, el concepto y la idea que nos hacemos de él.

Reflexionemos acerca de esto.

El “efecto Pygmalion”
En gran medida somos como los demás nos ven. Es decir, si las personas que me rodean y me quieren, cuyas opiniones más influencia tienen sobre mí, piensan que soy inteligente, me tratarán como si lo fuese... y así, yo acabaré sacando de mí toda la inteligencia que llevo dentro. Si piensan que soy bueno... seré bueno; si piensan que soy divertido... seré divertido...

Y también: si todo el mundo me recuerda que soy torpe, que no hago nada bien, acabaré por hacerlo peor. Inconscientemente podemos llegar al extremo de no querer contradecir la imagen que los demás vuelcan sobre nosotros, aunque esta sea mala: si ellos dicen que soy torpe, seré torpe, se lo demostraré.

Con los niños, cuya personalidad está en plena construcción, y por lo tanto es más frágil e inestable, estos mecanismos tienen una gran importancia.
 

¿Realmente qué imagen tienes de tus hijos?
Reflexiona acerca de la imagen que tienes de tus hijos. Hazlo llegando a cuestiones concretas: cómo le ves en relación con los deportes, cómo le ves en su faceta de alumno, cómo le ves en su relación con los iguales, cómo le ves cuando ayuda en casa, cuando te expresa su cariño...

Y examina qué expectativas tienes sobre él, y cómo se las transmites: le dejas hacer las cosas aunque a veces las haga mal, si estáis en el parque y le da miedo un columpio le animas a que se suba, le exiges mucho en las tareas escolares, dejas que te ayude en algunas tareas de la casa...

La representación que el niño tiene de sí mismo (autoimagen) y cómo se estima (autoestima) dependen en gran medida de la imagen que se refleja en el espejo que para él son sus padres. Y no basta con quererle mucho para que nuestras expectativas sobre él sean positivas, y la imagen que se refleja en nosotros una buena imagen.

Entonces... ¿cómo educar sin expresar expectativas negativas sobre nuestro niño?
Lo vamos a entender claramente con un ejemplo.

Entras en el cuarto de tu hijo y está completamente desordenado: ropa y juguetes por el suelo, libros encima de la cama, la cama, por supuesto, está sin hacer... No es la imagen de un cuarto ordenado que a ti te hubiera gustado ver.

Hagámonos algunas preguntas:
¿Coinciden los criterios de orden y limpieza de padres e hijos? ¿Sabe realmente el niño qué es para ti un cuarto ordenado o desordenado? ¿Conoce que su obligación es mantenerlo como a ti te parece correcto? Que un cuarto esté desordenado, ¿implica necesariamente que el niño sea desordenado, y lo sea en todos los órdenes y actividades de su vida? Cuando le pedimos que ordene su cuarto, ¿lo hacemos porque pensamos que es mejor para él, o porque no soportamos ver algunas cosas por el suelo? ¿Hace falta que siempre esté muy ordenado, o sólo cuando se va a limpiar? ¿Tenemos nuestro cuarto, nuestra vida, bajo un estricto orden y control?


Y ahora comparemos estos dos posibles mensajes:

  • “Tu cuarto está hecho un desastre. Eres un desordenado. Tienes que ordenarlo”.

  • “Creo que tu cuarto está desordenado. A mí no me gusta verlo así. Podrías ordenarlo”.

    Con la primera respuesta estamos siendo directivos y algo autoritarios (“ordena tu cuarto”), y a la vez estamos juzgando al niño, globalmente, a partir de un rasgo de su conducta. El problema es nuestro o, mejor, se sitúa sobre nosotros: no queremos que el cuarto esté desordenado, pero lo situamos sobre el niño, porque él es el desordenado.

Con la primera respuesta las expectativas que reflejamos sobre nuestro niño son bien claras. El niño puede interpretar: “mis padres piensan que soy un desordenado, que soy un desastre, y la verdad es que no hay más que ver mi cuarto...”. Después de esto podrá ordenarlo, o no, desordenarlo aún más, bien por pura rebeldía, bien por satisfacer la imagen que sus padres tienen de él y que él acaba creyéndose.

En el segundo caso mostramos nuestros sentimientos, nuestra opinión: “creo que...”, “a mí no me gusta...”. Reconocemos que el problema de que el cuarto esté desordenado es nuestro problema, porque somos nosotros quienes no queremos verlo así, y lo situamos sobre nosotros. Luego, pedimos la colaboración del niño (“podrías...”). En este segundo caso no estamos valorando la conducta ni la personalidad del niño, de manera que las expectativas que puede percibir sobre él son, de alguna manera, neutras.

Incluso, la segunda respuesta podría mejorarse con un: “creo que eres un chico ordenado y limpio, pero veo que hoy te has descuidado un poco, no pasa nada, tiene solución”, o algo así, de manera que la neutralidad original pase a ser claramente una expectativa positiva.

¿Qué opción es la correcta?
Depende. Depende de muchos factores. No es lo mismo tratar un problema “leve”: el de un cuarto mal ordenado, como el de la afición del niño por subirse a lo más alto de los árboles: en este caso podemos mostrar nuestra “no conformidad con su conducta” de la manera más neutra o positiva que queramos, pero antes de que se caiga y se rompa un hueso habrá que recurrir al más tajante de los autoritarismos y prohibirle que se suba a los árboles, ¿por qué?: porque lo dicen sus padres, y punto; (luego habrá que buscar una escuela infantil de escalada).

Estos ejemplos pueden resultar intranscendentes, pero trasladados a un entorno escolar, por ejemplo, donde continuamente se está evaluando la actuación del niño en determinadas tareas, es crucial no sólo el qué sino el cómo se digan las cosas.

Lo más importante es poder analizar los mensajes que lanzamos a nuestro niño, y teniendo toda la información en la mano, poder decidir. ¿Qué pretendo?: si sólo quiero que recoja el cuarto, y no hacerle ver que es un desastre y un desordenado, ¿cómo se lo puedo decir?. Aunque no siempre se tiene tiempo...

¿Pero hace falta razonarlo todo?: ¡no! Cuánto más pequeño sea el niño, menos razonamientos y explicaciones nos pedirá: “pero mamá, ¿por qué...?: porque tus padres lo dicen”, será en muchas ocasiones una opción tan buena como cualquier otra.

 

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