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EL CUELLO

El cuello es una pieza maestra de la arquitectura corporal del que depende la gracia, la actitud y la elegancia de nuestro porte. Este sofisticado pilar que asoma por los escotes, queda a menudo excluído de los cuidados cotidianos, a merced a tres amenazas que con el tiempo, lo desfiguran. Nos referimos a los anillos de Venus, el cuello de gallo y el doble mentón.

 

Su piel es más frágil y vulnerable que la del rostro.
Su película hidrolipídica no es suficiente para asegurar una tasa de hidratación que plastifique y mantenga elástica la capa córnea.

El fotoenvejecimiento se nota por un marchitamiento prematuro.
El cuello tiene menos melanocitos que la cara, lo que implica una menor capacidad para el bronceado, que es el protector natural de la piel frente a las radiaciones ultravioletas.

Sus glándulas sebáceas son menos numerosas, lo que quiere decir que hay una menor presencia de sebum, componente esencial del filme hidrolipídico que protege a la piel de los factores ambientales.

Epidermis, dermis e hipodermis, que son las tres capas de la piel, son extremadamente finas y a duras penas pueden hacer frente a la gran movilidad del cuello.
Los anillos de Venus, esas arrugas horizontales que lo decoran como si de una gargantilla se tratase, no son más que una consecuencia de todas las contracciones musculares.

La fragilidad de la piel determina la temprana aparición de la flacidez.
Lo que se traduce en el famoso cuello de gallo, pliegues verticales que se instalan entre la barbilla y la nuez.

Con el paso de los años, se produce una deficiencia de estrógenos que implica un decaimiento de la actividad celular.
La consecuencia directa es una atrofia cutánea que atañe a las fibras de sostén, colágeno y elastina. Es entonces cuando se desdibuja la mandíbula y aparece el doble mentón o papada.
También se da una acumulación de azúcar en la piel, que se enlaza y enreda con el colágeno. Este fenómeno, que se conoce como glicación, hace que las fibras de colágeno, suaves y largas al principio, se enrosquen, pierdan flexibilidad y dejen de cumplir como soporte. La falta de tonicidad que se produce es especialmente notoria en la parte inferior de la cara y en el cuello a causa de la gravedad.

 

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