Este es una
filosofía de vida, una forma de ser (que
poco tiene que ver con la imagen
orgiástica que circula por los pasillos
del sentido común) que nació hace más de
10.000 años a la orilla del río -que los
ingleses llamaron- Indo y que
actualmente queda en Pakistán. La
profesora Estela Guitián no se cansa de
repetir “es una vuelta a la naturaleza
humana, porque todos somos en esencia
yoga tántricos”. ¿Pero de qué se trata?
Dice que se traduce del sánscrito como
una fuerza que se manifiesta y se
expande continuamente como una ola
cósmica formada por diferentes energías,
como ese mismo universo. Que somos parte
de esa ola que incluye pensamientos,
acciones y materia física.
Al
entusiasmo que la caracteriza, lo
dosifica y comienza –pacientemente- por
el principio “los maestros de esa época
tenían tiempo para observar como crecía
una planta, a dónde desembocaba el río y
se dieron cuenta que la naturaleza es
cíclica: así como hay día, hay noche,
las mareas suben y bajan. Oh, caramba!
También hay hombres y mujeres” respira y
prosigue “en el universo, todo lo que es
energía se manifiesta por polaridades,
cuando hay dos polos circula la energía.
Ahora bien, en la unión sexual algo
debiera ocurrir porque si no, ¿por qué
habría sexos diferentes? Evidentemente,
la energía sexual es la más poderosa de
los humanos”.
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Desde la visión hinduista en
la que se encuentra
enmarcado el Tantra, la
sexualidad es concebida como
algo natural y espontáneo al
ser humano, que tiene como
meta la unión coital suprema
entre hombre y mujer, única
posibilidad de que dos seres
separados se sientan uno.
“La sexualidad es vivida
como sagrada. Según el
diccionario es aquello que
por su uso o destino es
digno de respeto,
reverencia, homenaje y
devoción. A esa comunión de
almas se la denomina
Maithuna y abarca desde una
respiración (la de yoga) en
común y un acompañamiento de
movimientos cíclicos hasta
una forma de penetración
particular”.
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Esta
unión sexual implica tener un profundo
conocimiento del cuerpo (como la
capacidad de contraer los músculos de la
vagina, saber cuál es el punto D y
demás) y las intenciones de “probar”
–quizás- otro tipo de experiencia.
Frente a esta alternativa, unos temen,
descreen o critican con fuerza; otros la
idealizan, la encuentran atractiva,
transformadora. Una vez más, no se trata
de un pase garantizado a la felicidad,
sino de una vivencia que puede llegar a
concordar con una búsqueda subjetiva.