En medio de toda
esta maraña de liberaciones y placeres
paganos, de pronto ataca un incómodo
desagrado ante el contacto físico: guardar
las formas. Sientes unas ganas irresistibles
de desengancharte de una persona que te
abraza con fruición, como si fuera la última
vez que te va a ver, te pone de los nervios
esa persona que cada tres palabras te
aprieta el hombro, el codo, el antebrazo o
se permite palmear tus cuadríceps con la
mayor de las alegrías.
No hay duda, esa
gente generalmente no son muy íntimos tuyos
y se merecen cualquier táctica de despiste o
defensa que se te ocurra. Pero hay otros
contactos mal recibidos, como una caricia en
el pelo o en la cara cuando pareces
necesitarlo que, aunque inconscientes, son
reflejo de un pudor innecesario.
Muy respetable,
por supuesto, pero yo reclamo una dosis
menor de rigidez en nuestras vidas y al
menos, hasta que todos nos pongamos de
acuerdo, podemos empezar por acariciarnos
nosotros mismos con el mayor de los cariños.
Hoy no hablamos de sexualidad, sino que
hablamos de sensualidad, de sensibilidad, de
utilizar nuestros sentidos. Probemos a
ejercitar esas terminaciones nerviosas que
tenemos en cada poro de nuestra piel
acariciándonos.
A casi todos nos
gusta acariciar y ser acariciados, no sólo
con fines lujuriosos, pero, entonces ¿por
qué ese tabú cuando se trata de tocarse a
uno mismo?. ¿Será que hay aún demasiados
ecos de la palabra "pecado" en nuestros
oídos?.
Sería bonito
recuperar la sensibilidad que tenemos cuando
somos niños, cuando sólo con una caricia,
con la leve presión de una mano logramos
tranquilizarnos. Quizás sea porque a los
ojos de un niño todo lo que le agrada lo
disfruta y lo agradece con una sonrisa, sin
desconfiar ni juzgar. El concepto del bien y
el mal no lo importamos al nacer, lo vamos
aprendiendo al tiempo que tejemos esas
invisibles y corteses fronteras formales
ante el "enemigo".
No creo en los
enemigos, y menos que nosotros podamos ser
nuestro propio enemigo. Por lo que os
propongo aprovechar nuestras manos como
fuente de calor para nuestra alma. Cualquier
momento es bueno, al desmaquillarnos, al
untar nuestro cuerpo de crema, al
enjabonarnos en la ducha diaria. O sin
ninguna excusa, simplemente cuando nos
acabamos de despertar podemos acariciar
nuestras piernas, nuestras caderas, nuestros
hombros, nuestros labios o nuestra cabeza, a
manera de recibimiento feliz del nuevo día
que empieza.
Hay terapias
curativas basadas en que la paciente sepa
reconocer la zona de su cuerpo que más le
molesta, le acompleja o en la que sufre
mayores problemas de salud. ¿Cuál es esa
zona que siempre evitas mirar cuando ves tu
imagen en un espejo, o aquella que siempre
tienes presente, por una u otra molestia?.
Prueba a
"tranquilizarla" acariciándola y
aceptándola. Verás como no hay mejor manera
para dar y recibir caricias del exterior
cuando te acostumbres a las tuyas propias.