Todos hemos
pasado por la experiencia de ver cómo
nuestra madre compartía el amor con nuestros
hermanos, con nuestro padre, con su trabajo.
Después hemos tenido que aceptar que nuestro
padre tampoco era sólo para nosotras.
La dependencia infantil se va resolviendo
cuando los recursos internos aumentan y
podemos dominar el mundo que nos rodea.
Cuando se han sufrido desamparos afectivos
demasiado intensos, suelen quedar huellas en
nuestro mundo emocional que nos conducen a
tratar de compensar con nuestras relaciones
actuales algo de antaño.
Idealizamos al otro. Nos engañamos para, más
tarde, sentirnos engañadas. Entonces, la
venda se nos cae de los ojos y sobreviene el
desencanto. El otro se muestra a nuestros
ojos mezquino, insensible, infiel,
mentiroso, débil: ya no cubre nuestras
necesidades afectivas, nos ha dañado. Pero,
¿acaso no era así desde el principio?
Un desengaño puede servir para conocernos
mejor. Quizá estamos mejor solas, quizá
necesitamos averiguar qué nos ocurre con
nuestras relaciones amorosas.