* Que la persona
opte por esta segunda oportunidad tratando
de olvidar a su anterior pareja o
experiencia.
* Que una persona dependiente vaya
saltando de relación en relación. De la
dependencia de sus padres a la de un primer
marido, de la de un primer marido a la de un
segundo… Se piensa que los errores del
primer matrimonio se han aprendido, pero
esta presuposición sitúa bajo presión a la
pareja. El cónyuge divorciado puede tener
excesivo miedo de cometer una equivocación,
mientras que su pareja puede plantearse qué
fue lo que su pareja haría mal en su primer
matrimonio.
Cuando la relación de una persona con un
tercero es la causa de la ruptura de su
matrimonio y luego, tras el divorcio, la
persona se casa con ese tercero, puede
existir mucha presión sobre él en el sentido
de que puede tratar de demostrar en todo
momento que la elección de su pareja fue
acertada y que él/ella, van a ser mejores
esposos que el primero que su pareja tuvo.
* Otra presión puede provenir del
círculo de conocidos del compañero
divorciado, especialmente de sus hijos. La
aceptación por parte de ellos de un
padrastro o una madrastra puede ser muy
dificultosa, a veces casi imposible,
especialmente cuando los hijos se encuentran
en una edad en torno a los 12 años. Si
aparece un hijo biológico en común, las
dificultades suelen ser más llevaderas.
Este tipo de circunstancias presentan unos
problemas añadidos a la ya difícil
convivencia en sí. De ahí que no es extraño
el encontrarse con personas que rechazan el
volver a mantener una relación profunda una
vez han fracasado en su segundo matrimonio.