A un hombre que no está
seguro de su virilidad le duele que su mujer
crezca personalmente y sólo se siente fuerte
mientras ella dependa de él. Lo mismo le
ocurre a una mujer cuando se queja
continuamente de su marido, porque con esa
actitud está diciendo que él es peor en
algún sentido.
Una mujer que cuida y vive bien su feminidad
no está con una persona que no la valora. De
otro lado, un hombre seguro de sí mismo
puede querer a una mujer como a un igual y
no competir con ella. Una pareja que te ama,
como un buen amigo, te hace sentirte más
segura, tolera tus fallos y disminuye tus
miedos.
Cuando los enfrentamientos se instalan en
una relación es el síntoma neurótico de algo
que no se puede superar. Estas rivalidades
son herederas de otras más antiguas que
quedaron en el sustrato de nuestro
psiquismo: la primera, hacia la madre, que
poseía lo que nosotras no.
Más tarde competimos con nuestros hermanos,
siempre por miedo a perder el amor de los
progenitores. La rivalidad es parte de los
sentimientos que todos hemos tenido en
nuestra infancia y que, bien elaborados, nos
ayudan a crecer. Si, en la actualidad,
desafiamos a nuestra pareja es porque en
cierta forma nos seguimos sintiendo como
niños.