También puede
existir algún caso en el que algún detonante
(por ejemplo una infidelidad), lo precipite,
pero suele ser poco común si la pareja goza
de una buena relación.
La mayoría de los cónyuges recuerdan la
última etapa de su matrimonio como infeliz
y, en la mayoría de los casos, es la mujer
la que se decide a proponer un fin para este
malestar.
Tanto en las parejas jóvenes como en las
adultas la decisión se toma porque se busca
algo más en la relación que no se encuentra.
La separación parece lo más indicado a esta
situación desdichada. Muchas de estas
expectativas no cumplidas se deben a la mala
información que sobre el matrimonio existe o
se pretende dar, tanto a nivel religioso,
como social como de una pretendida
autorealización personal. La comparación con
la realidad pone de manifiesto tales
diferencias.
En el caso de las personas adultas cuyos
hijos ya se han independizado, el hecho de
no tener que "mantener" la estructura
familiar les da vía libre para tomar la
decisión de la ruptura si su relación no era
buena. No sienten ninguna atracción por
pasar el resto de sus vidas juntos y creen
la separación lo más conveniente.