También el
círculo de amistades de la pareja se reduce
(les es difícil el relacionarse con ambos
miembros de la pareja), mientras que el
apoyo de los parientes políticos suele ser
escaso.
Los problemas en el trabajo también pueden
surgir debido a la inestabilidad emocional
del trabajador. Por todo ello, estas
personas son más propensas a la soledad, al
desequilibrio, a las pautas inadecuadas a la
hora de dormir, comer, trabajar, consumir
alcohol y drogas e incluso a la promiscuidad
sexual. Esto suele desaparecer con el paso
de algunos años, pero en algunos casos,
sobre todo en aquellas personas que no
vuelven a casarse, pueden permanecer.
La depresión es más alta en este tipo de
individuos según los estudios, sobre todo si
se han divorciado en más de una ocasión.
La presencia de hijos también contribuye a
la dificultad de adaptación, especialmente
cuando aumenta la carga financiera sobre uno
o dos de los cónyuges y les obliga a seguir
manteniendo contacto. Su actitud, además,
suele volverse más irrespetuosa, exigente o
deprimida para con los padres, volviéndose
en muchos casos celosa e intolerante ante el
desarrollo de nuevas relaciones por parte de
ellos.
En el caso del padre puede decirse que, por
regla general, se distancia su relación con
el hijo año tras año, no sólo física sino
psíquicamente. No siempre está en sus manos
el tener acceso a este contacto
frecuentemente, a veces las imposiciones de
la madre lo dificultan, por lo que en
ocasiones, y con el paso de los años, un
padre divorciado que no se ha vuelto a casar
ni ha creado una nueva familia puede correr
el riesgo de pasar una vejez solitaria.