Muchos
matrimonios que parecen muy estables
-que tal vez han sobrevivido por años y
años- suelen tener, en la realidad
estricta, una relación enfermiza. Ambos
cónyuges viven juntos, hacen cosas
juntos, son inseparables físicamente,
pero pasan buena parte de su tiempo
haciéndose pedazos verbalmente el uno al
otro.
La
metamorfosis de una relación
Cuando nos enamoramos, nuestra actitud hacia
la pareja es poco real y, por lo tanto, poco
duradera. Pensamos que no podemos vivir ni
un momento sin el objeto de nuestros amores
y quisiéramos pasar con él las 24 horas del
día, los 365 días del año. No soportamos su
ausencia. Esa idea de “no poder vivir sin
él” lo que lleva a tantas parejas al
matrimonio. Muchas de ellas lo hacen con el
firme propósito de no perderse de vista, de
no separarse jamás.
Esta actitud
está basada en la idealización del amor y
ésta, la idealización, nunca soporta la
prueba del tiempo.
Ya en la vida
común, los cónyuges comprenden que las cosas
no eran exactamente como ellos las suponían,
o las deseaban. A medida que se van
descubriendo mutuamente, aumentan las
desilusiones, que con bastante frecuencia
superan con mucho la realización de las
expectativas.
Se van
descubriendo las debilidades, defectos,
manías y las limitaciones del otro. Esto
parece reducir la proporción de las virtudes
que en principio nos hicieron amarlo. Los
defectos se agrandan y las cualidades se
reducen, al menos a los ojos de la pareja.
No es fácil
aceptar que la otra mitad de nosotros -la
famosa “media naranja” - tiene muchísimos
defectos que no formaban parte de nuestra
personalidad antes de adquirir esa extraña
“mitad”. A la desilusión inicial,
generalmente sucede la furia, dirigida un
poco contra esa mitad que resultó tan
distinta a nuestra modalidad, y un poco
contra nosotros mismos por haberla elegido.
Las parejas que
insisten en seguir siendo una sola naranja
con dos mitades no sólo distintas, sino casi
siempre opuestas, no tienen más que dos
caminos: el divorcio o la resignación a una
larga vida de frustraciones y enojos.
En cambio, las
parejas que aceptan sus diferencias, que
empiezan a considerar el matrimonio como una
sociedad de interés mutuo, que respetan y
alientan cada uno la individualidad del otro
y permiten un desarrollo separado de ambos,
ven transformado y fortalecido su amor.
Empiezan a amarse sin idealismos, en forma
madura, sensata y realista, aceptándose como
son realmente: dos seres humanos distintos,
que comparten muchas cosas, pero que hacen
también solos muchas otras.