La pérdida de
identidad es muy brusca en el caso de las
mujeres divorciadas, sobre todo si es el
resultado de la aparición de una tercera
persona. Si la mujer que lo sufre ha llevado
una vida llena de dificultades, le es más
fácil el afrontarlo debido a que su
autoestima puede sostenerse en el placer de
haber sacado a sus hijos adelante y haber
desarrollado un buen papel como cuidadora o
en su profesión. Tienen además la ventaja de
que sus relaciones sociales son más amplias
en esta época que en el caso de que hubiesen
enviudado en su juventud, debido a que su
círculo de conocidos también van perdiendo a
sus parejas (mayoritariamente al quedarse
viudos/as).
Como las mujeres han sido acostumbradas a
desarrollarar papeles de cuidadoras, el
contacto con la familia suele ser más
frecuente que en el caso de los varones, que
se muestran más solitarios y, en
consecuencia, tienden a desarrollar más
problemas psicológicos y también
fisiológicos (se prestan y les prestan menos
atención).