En las rupturas
de los adultos hay siempre una evocación
inconsciente de los primeros vínculos
amorosos: el de la madre en primer lugar y,
después, el del padre. Ellos fueron los
primeros que nos decepcionaron, pues durante
una época les atribuimos una perfección de
la que carecían. Irene se sintió abandonada,
siendo muy pequeña, por su madre que, al no
poder hacerse cargo de ella, la dejó durante
un tiempo al cuidado de una tía. No hizo,
sin embargo, lo mismo con su hermano, aunque
la situación era igual de complicada. Irene
es ahora quien abandona a los hombres
equivocados que se cruzan en su camino, en
un intento de no depender de ellos como su
madre dependió de su marido y de su hijo. No
sabe cómo organizar un vínculo amoroso sin
que la dependencia del otro resulte excesiva
y anule su personalidad.
Toda relación amorosa crea dependencia.
Quien ama gana compañía, pero pierde
libertad. Sin embargo, no hay relación de
pareja que pueda durar de forma saludable si
cada uno de sus miembros no preserva su
propia parte de soledad y respeta la del
otro. Las personas poco seguras se
convierten a menudo en ardientes defensoras
de la independencia sentimental. Tienen
tanto miedo a ser dominadas por el amado,
que prefieren huir cuando la relación se
asienta.