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PERDÍ A MI
MARIDO POR ESTAR SIEMPRE CON MIS PADRES... |
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La siguiente
historia ilustra el caso de los problemas
matrimoniales que pueden resultar de una
relación no saludable con tus padres. Al final
la psicóloga explica el caso: "Soy la mayor de
tres hermanas de una familia de clase media y
fui la más mimada. Primera hija, primera nieta,
primera sobrina, no había nada que mis
familiares no me consintieran, sobretodo mis
padres. |
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Era tan
caprichosa que durante la primaria tuve
problemas con mis compañeras, me costaba
integrarme. Necesitaba ganar todos los
pleitos.
Mis padres,
bastante primitivos, en lugar de llevarme a
un psicólogo, me cambiaban continuamente de
escuela. Me llamaban "su princesita" pero,
en realidad, yo era la reina de la casa.
Viva imagen de mi mamá, no había nena más
hermosa e inteligente que yo. Cuando
nacieron mis hermanas, las mellizas, feítas,
gorditas y morochitas, como papá, mi mamá se
aferró más a mí. Despreciaba a los
oscuritos.
Mamá había
nacido en EEUU y despreciaba la Argentina
pero su marido era argentino y sus empresas
también. Mamá amaba el confort, los dólares,
las cirugías estéticas y le encantaban los
dólares de mi viejo, que era muy ahorrativo
y siempre estaba lleno de dinero para darle
gustos a su linda y rubia mujercita.
En el 2001, mi padre perdió todo, vendió
nuestra casa y toda la familia emigró a EEUU.
Mi mamá dijo que su país no le negaría
oportunidades. No se equivocó. Ambos estaban
muy felices cumpliendo el sueño americano,
ganando muchos dólares y olvidando sus
problemas de pareja.
Yo me quedé en Bs.As, en brazos de mi
marido, un buen tipo, muy parecido a papá.
Lo manejaba como quería. Cuando me hacía
planteos de que algo en nuestro matrimonio
no funcionaba, le decía que era un pelotudo,
que teníamos dos hijas y que no me viniera
con esas pavadas. Yo estaba ciega, no veía
que mi marido se estaba cansando, y en lugar
de hablar con él o recurrir a una terapia de
pareja, hablaba con mi mami. Sostenía largas
charlas telefónicas con ella, necesitaba su
aprobación para todo. La dependencia con mis
padres era mutua, ellos dependían de mí
tanto como yo dependía de ellos. Me ponía
muy contenta cuando recibía sus cheques y
los juguetes que compraban para mis nenas.
Todo ese bienestar económico que me
brindaban era un regalo para mi narcisismo y
para el de ellos.
No me daba cuenta de que, ante esa
situación, mi marido se sentía muy
desvalorizado. No podía competir con los
dólares que mandaba papá, y no podía tener
conmigo una relación tan íntima y
maravillosa como la que yo tenía con mamá.
Nunca hablábamos de lo que significaba ser
padres, de nuestros valores o de lo que
queríamos para nuestros hijos. Teníamos
graves problemas de comunicación.
Yo no trabajaba y tenía mucama así que ni
siquiera tenía que ocuparme de la casa. A
veces trataba de estudiar algo pero tenía
las mismas dificultades que antaño,
abandonaba todos los estudios que emprendía
porque me decía que eran poco para mí. En
realidad, tenía dificultades para integrarme
a los grupos donde había mujeres más
inteligentes que yo. Les tenía tanta envidia
que abandonaba enseguida. Las cosas
siguieron igual hasta que se me ocurrió
estudiar psicología. Descubrí que no era tan
inteligente como creía. Mi maravillosa
madre, con su filosofía yanquie, me había
convertido en una compradora compulsiva.
A pesar de todo, mi marido me amaba y quería
darme todos los gustos. Sin embargo, su
pequeña empresa funcionaba cada vez peor.
Inconscientemente yo no podía dejar de
compararlo con mis padres que, con sólo
poner los pies en EEUU, comenzaron a ganar
dólares. ¿Cómo podía ser que mi marido no
ganara lo que mis hijas y yo necesitábamos?
Hasta que un día mi marido me abandonó. Yo
no podía creer que me estuviera pasando eso
a mí, que alguien se atreviera a dejar a "la
princesa de papá", y encima este pelele a
quien yo manejaba a mi gusto. El narcisismo
se me fue al piso en un santiamén.
Mis padres volvieron de EEUU y prácticamente
se instalaron en casa, no tuve tiempo para
deprimirme. Decidieron sacarle hasta el
último centavo a mi marido, pero su empresa
ya estaba en quiebra. Yo no me había dado
cuenta de nada, de los problemas económicos,
de lo infeliz que era él, de lo pequeñas que
eran mis hijas. La separación destruyó mi
vida. Comencé terapia y recién entonces
alcancé a entender algunas cosas de mi
relación con el mundo. No podía creer que
había estado tan adormecida y que había
perdido a mi familia y al único hombre que
había querido en mi vida. Había compartido
toda la adolescencia a su lado, pero en
realidad yo no había crecido como mujer.
Hoy mis nenas prefieren estar con su papá y
su nueva pareja. Yo no tuve suerte, mamá se
mudó a casa cuando murió papá y recién hoy,
que mamá se casó nuevamente, puedo
reflexionar. Estoy comenzando otra vez la
carrera de psicología y no me voy a
amedrentar. Recién hoy siento que estoy
preparada para formar una nueva pareja. He
hablado con mi madre para que no se
entrometa e intente comprenderme. Esta vez
lograré divorciarme de mis padres."
El testimonio precedente nos ofrece un claro
ejemplo de lo que suele suceder cuando no se
han elaborado los complejos de Edipo y
Electra en la niñez. No es curioso que a las
hermanas de la paciente les haya sucedido lo
mismo. Se casaron y al poco tiempo llegó el
divorcio. Lamentablemente, no pudieron
salvar sus hogares dado que comprendieron de
forma tardía el mal que les estaba
ocasionando la entrega absoluta a los deseos
paternos.
El ciego amor hacia los padres se ha
prolongado más de lo deseable y no es
posible dejar de comparar al pobre "pelele"
del esposo con los maravillosos padres que
han tenido. En general, los maridos de este
tipo de mujeres poseen una autoestima muy
baja, poca capacidad de crecer económica e
intelectualmente y no pueden competir con
ese amor incondicional. Siempre "pierden"
frente a sus suegros, tan exitosos.
Ellas, niñitas inmaduras, no se percatan de
nada y sienten una gran sorpresa cuando los
maridos se hartan e intempestivamente las
abandonan. No pueden creer que alguien se
atreva a abandonar a "las princesas". No se
han dado cuenta de que en realidad son
inmaduras y poco desarrolladas
intelectualmente. Caen en un pozo depresivo
muy severo y suelen volver a la casa
paterna, piden ser acogidas con sus hijos y
se apoyan nuevamente en esas personas tan
imprescindibles para ellas.
Algunas logran zafarse de esta realidad y
acuden a un tratamiento psicológico. Recién
después de varios años pueden entender lo
ocurrido y salir de esta situación. Si
logran un segundo matrimonio, suele
funcionar mucho mejor porque ya han
aprendido la lección. Lo esencial en estos
casos es "despertarse" a tiempo, antes de
que todo esté perdido, y acudir a terapia en
busca de ayuda. La mejor ayuda para este
tipo de mujeres no es la familia, sino un
psicólogo.
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