La excitación
rítmica de cualquier zona corporal produce
un placer que puede calificarse de sexual.
Todas las manifestaciones están sujetas a un
ritmo que se alterna entre fases de reposo,
que son mudas, y fases de excitación que
corresponden a la aparición de las pulsiones
sexuales. Cualquier parte del cuerpo puede
convertirse en una zona erógena.
El principio pulsional que se rige en la
infancia no es distinto del que se ligará a
la vida sexual genital del adulto. El bebé
chupetea incluso cuando ha saciado el
hambre; a este acto erótico siguen otros: el
de la sección del pulgar, del lápiz, del
cigarrillo y el beso.
Al descubrir la existencia de la sexualidad
infantil, Freud acabó con la creencia de que
la sexualidad surgía en la pubertad. Pero es
durante la infancia cuando se organizan
ciertas estructuras que serán actualizadas y
revividas en la crisis de la adolescencia
como, por ejemplo, el conflicto edípico.
ACTIVIDADES ERÓTICAS
Las fases se organizan en función de la
evolución del niño y de su relación con
determinadas zonas erógenas: la boca, el
esfínter anal y los genitales. A cada zona
le corresponden una o varias actividades
eróticas, entre las cuales Freud incluye los
actos más simples de la vida de los niños,
como la succión del pulgar o del seno de la
madre, la defecación, la masturbación.
CUATRO ETAPAS
Las fases del desarrollo libidinal son
definidas como modalidades de la relación
del individuo con el objeto amado. En la
fase oral, se trata de la relación del niño
con el pecho materno; el placer sexual está
ligado a la excitación de la boca y a la
succión. En la fase anal, el erotismo se
define en relación con la defecación.
En la fase fálica, el interés libidinal se
centra en los genitales. Es la etapa de los
juegos manuales del bebé, que caracterizan
la llamada masturbación primaria.
Finalmente, la fase genital, se establece en
la pubertad y marca el pasaje a la
sexualidad adulta.