Dentro de estos
podemos diferenciar dos tipos: los
antiinflamatorios no esteroideos (ácido
acetilsalicílico e ibuprofeno) y los
analgésicos puros (paracetamol y metamizol).
Ambos actúan de una forma muy sencilla:
evitando la estimulación de las terminales
nerviosas periféricas de la zona donde se
produce la lesión, que son las que
transmiten a nuestro sistema nervioso la
sensación de dolor. Y lo hacen bloqueando la
producción de unas sustancias llamadas
prostaglandinas, ya que así evitan que las
señales dolorosas lleguen hasta nuestro
cerebro.
La principal diferencia entre ellos es que
los antiinflamatorios pueden provocarnos
daños en el estómago si se abusa de su
consumo, mientras que los analgésicos puros
apenas tienen efectos secundarios.
OPIÁCEOS, LOS MÁS FUERTES
El otro gran grupo de analgésicos son los
opiáceos. Se trata de medicamentos que
actúan directamente sobre los receptores
cerebrales, inhibiendo la sensación que
puede producir el dolor intenso de un
accidente o una intervención quirúrgica. Se
extraen de la amapola adormidera, la misma
planta de la que procede el opio, y el más
conocido es la morfina.
Eso sí, son fármacos muy fuertes y adictivos
que sólo se pueden utilizar si hay una
prescripción y una supervisión del médico.
También existen los llamados opiáceos
menores, como la codeína, que se usa para
combatir la tos y en ocasiones se combina
con el paracetamol.