Se produce
cuando, el cerebro envía unas señales a
ciertos receptores cerebrales que, a su vez,
controlan los vasos sanguíneos que lo
rodean. En respuesta a todo ello, los vasos
se contraen y luego se dilatan, y acaban
alterando los tejidos circundantes... y ya
podemos decir que tenemos un ataque de
migraña en toda regla.
El 30 por ciento de los migrañosos presentan
aura, es decir, una serie de alteraciones
neurológicas que suelen preceder al ataque y
que han sido la causa del 'halo misterioso'
que ha rodeado siempre a esta dolencia.
Pueden ser alteraciones visuales (visión de
bandas luminosas, destellos, pérdida
transitoria de visión, visión doble, en
mosaico o en blanco y negro...); sensitivas
(hormigueo, pérdida de sentido del tacto);
motoras (pérdida de fuerza en un lado del
cuerpo e incluso hemiplejia transitoria...);
del habla (dificultad para articular
palabras, transposición de sílabas...) y
también confusión, pérdida transitoria de la
memoria, desorientación, vértigo... Si, en
la mayoría de los casos, la migraña no
incluye aura, hay también pacientes que
experimentan lo contrario, es decir, aura
sin migraña. Y saberlo supone un gran alivio
para ellos, que atribuían esos síntomas a
problemas mucho más graves.
¿Cómo puedes identificarla?
Es recurrente y crónica; la frecuencia de
los ataques -que indica la severidad del
problema- puede variar de cinco o más al
mes, a cinco en toda la vida.
El dolor es pulsátil, punzante u opresivo,
pero nunca leve.
Empeora con el esfuerzo físico.
Tiene un claro componente hereditario que
predispone a padecer el problema.
Cambiar la idea de 'calmar el dolor' por la
de 'prevenir el dolor' supondría salir de
ese círculo vicioso, angustioso e
incapacitante.