De cobijadas y
molinos se habla mucho en Vejer de la
Frontera. Ambas son huellas de su pasado, al
igual que las que dejaron fenicios y
romanos, visigodos y, sobre todo, de la
extensa época árabe.
Vejer es un
recinto amurallado con un rico resto
almenado en su interior que conforma un
insólito laberinto de encaladas viviendas.
Cada rincón, cada esquina de Vejer guarda un
tesoro, tales como sus arcos, sus
balaustradas y escalinatas que irrumpen en
la profundidad de tajos y barrancos.
De sus calles
principales, como la de Misericordia,
Algarrobillos, Triperías, el Patio de las
Monjas, Cocheros o Trafalgar, el viandante
puede observar las exquisiteces de una
localidad donde impera una todopoderosa
iglesia parroquial, que se levanta sobre el
basamento y los muros de una antigua
mezquita árabe y que es conocida como la del
Divino Salvador, por haber sido rescatada de
los musulmanes.
En esta iglesia
del Divino Salvador se pueden observar las
diversas fases de su construcción: una
primera etapa románica en su estructura y
pilares delanteros; una segunda fase
gótico-mudéjar, centrada en la denominada
capilla de las Ánimas; y una tercera fase
donde se centran los medallones y las
capillas del Sagrario y del Nazareno, con
características del gótico tardío y hasta
retazos renacentistas. Pero la obra magna es
un mosaico, el del altar mayor, muy admirado
debido a su precisión y belleza.
Morada de las
más diversas culturas, como se demuestra al
observar las diferentes arquitecturas que se
arremolinan por la ciudad, así como las
costumbres y usos de su población. Especial
mención se merecen las famosas "cobijadas",
hasta hace no muchos años una práctica
extendida, que son una especie de capucha
con que las mujeres se tapaban la cabeza,
cuya explicación también se centra en la
necesidad de protegerse el cutis del
ardiente y arenoso viento del Este.
Conquistas y reconquistas
Vejer fue, posiblemente, fundada por
fenicios, por las huellas de dólmenes y
otras reliquias funerarias que se extienden
en sus proximidades. Pero, sobre todo, por
las pinturas rupestres del denominado tajo
de las figuras. Un asentamiento inmaculado,
de cal, con muros y torres en piedra, que
posteriormente sería dominado por musulmanes
tras la huella de la batalla de Janda, donde
perdería el último de los reyes visigodos,
don Rodrigo.
Pero 539 años
después, Vejer sería reconquistado por
Fernando III El Santo, que convertiría la
ciudad en un asentamiento fronterizo frente
al poderío musulmán y, posteriormente,
contra los amenazadores corsarios
berberiscos. De ahí también que el duque de
Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán
amurallase toda la ciudad y construyese un
castillo rectangular en el centro del
perímetro, del cual se conservan todavía
tres de sus cuatro entradas principales.