La seducción de
Monastir no es poca. Y es que este paraje
tunecino es toda una invitación al viaje, al
descubrimiento de sus vastas extensiones de
playas doradas, de sus panoramas capaces de
cortar la respiración, y con un paisaje de
fondo de fascinante belleza e infinitos
contrastes.
En cualquier
época del año, Monastir ofrece sus mejores
playas en todo su esplendor; pero también
ofrece sus maravillosos paisajes naturales
con toda una feria de colores. Así, entre su
flora más excepcional, cabe destacar los
verdes matizados de los tamarices, de los
áloes, olivos y chumberas; los reflejos
dorados de las buganvillas, el púrpura de
los hibiscus, el azulado de los geranios o
las notas blancas de los jazmines. Toda una
paleta admirable de colorido.
Monastir viene a
ser una ciudad de contrastes, un microcosmos
de la propia Túnez, un país que no puede dar
la espalda a su esplendoroso pasado, pero a
la vez de un modernismo que se unen en una
feliz y atractiva simbiosis. Así, centros
neurálgicos de Monastir, como el viejo
barrio de Chraga, ha sido completamente
restaurado y se ha abierto una avenida
plagada de terrazas y bares donde se puede
degustar el típico té a la menta o los
refinamientos de la cocina tunecina. Un
barrio que se ha convertido en el corazón
latente de Monastir.
Una ciudad de
palmeras, tradiciones y mezquitas, pero
también de lujosos complejos que se alinean
a lo largo de la costa de Dkhila, de Skanes;
o de su aeropuerto internacional Aviv
Bourguiba, el nuevo puerto deportivo, el
palacio de congresos, la excelente red de
carreteras, la línea de metro o el
importante centro universitario. Una ciudad
que combina lo mejor de su pasado, con lo
innovador y práctico del presente.
Importancia del pasado
De Monastir hay un pasado espléndido,
cuya relevancia y peso histórica reluce con
la edificación de un Ribat, en el siglo VIII,
un monasterio concebido también como retiro
místico y como fortificación militar. Pero
la edad de oro de Monastir vendría en el
siglo XI, cuando Kairouan perdió su rango
como capital de los Fatimidas.
Y de más atrás
quedan vestigios de las murallas romanas, de
cuando Monastir era llamada Rous Penna y que
se consolidó como cabeza de puente durante
la campaña africana de Julio César.
Además de la
belleza del Ribat, también en Monastir
residen mezquitas de enrome belleza. Así, la
Zaouia de Saïda es una mezquita funeraria
enclavado en un Ribat ya desaparecido. De
más reciente construcción es la mezquita de
Bourguiba, de 1963, con una decoración muy
cuidada donde se muestra una hermosa
arquitectura y arte tradicional.
Por las calles
de la medina se evoca también la nostalgia
del antiguo Monastir de las doce puertas.
Callejuelas tortuosas, de pasajes abovedados
y callejones de agudo color y de olores
intensos, todo un murmullo de actividad. Por
doquier están las alfombras, curioso manjar
de turistas, así como las joyas y los bailes
tradicionales, pero también los son los
platos típicos al son de las danzas de
beduinas u orientales al ritmo de las
orquestas tunecinas.