Marrakech es el
centro neurálgico de Marruecos. Su nombre en
árabe es Marrakush y es de donde deriva el
nombre del país. Según la leyenda, cuando se
plantó el Koutoubiya en el centro de la
ciudad, esta empezó a sangrar de tal manera,
que las paredes de las casas conservan
todavía el color rojo, omnipresente, y que
por eso constituye la base de la bandera
nacional.
La ciudad guía
de los almorávides se fundó en 1070 con el
deseo de controlar el tráfico desde las
cercanas montañas del Atlas. Fue desde este
asentamiento rudimentario desde donde se
emprendieron las primeras conquistas. Abou
Bakr, jefe de los almorávides, emprendió la
construcción de un kasbah, un castillo de
piedra, a poca distancia de donde hoy se
encuentra Koutoubiya.
Marrakech se
convirtió en la capital de un vasto imperio
en el reino de Youssef Ben Tachfine, un
imperio que, bajo los almohades, llegó hasta
las fronteras con Libia. Marrakech llegó a
lo más alto de su gloria con Yacob El
Mansour. Fue durante su reinado cuando
algunos de los lugares más famosos de
Marruecos fueron construidos. El más
importante es el minarete de Koutoubia, una
de las piezas más importantes del arte
árabe. La mezquita es una de las más grandes
de África y tiene capacidad para 20.000
personas. La ciudad alberga muchos otros
monumentos que fueron construidos bajo el
reinado de poderosos mandatarios como el
soberano Ahmed El Mansour que emprendió la
construcción del Palacio de Badii tras la
victoria frente a los portugueses en 1578.
Este palacio ha sido considerado como una de
las maravillas del mundo musulmán y sus
recuerdos son una mera sombra de la grandeza
que algún día albergaron sus muros. Las
enormes cantidades de oro, mármol y ónix que
fueron utilizadas en su construcción fueron
obtenidas de toda Europa gracias al
intercambio de azúcar.
La plaza de
Jemaa el-Fna, es un espectáculo recomendable
y pintoresco, aparte de la horda de
turistas, podemos encontrar vendedores de
agua, encantadores de serpientes, contadores
de historias, fakires, dentistas callejeros
con impresionantes colecciones de dientes
que avalan su destreza profesional y toda
clase de tenderetes en los que se vende todo
lo imaginable.
Otro de los
destinos interesantes para el viajero son
las tumbas de Saadin. Construidas por Ahmed
Edh Dhahabi durante el siglo XVI, las tumbas
fueron cerradas por Molay Ismail y olvidadas
durante siglos. Recientemente fueron
redescubiertas por los franceses y hoy se
pueden visitar.
Jardines y agua
Pero además de las mezquitas y las
construcciones de carácter religioso, la
naturaleza de los musulmanes siempre ha
primado el agua y los jardines como
elementos decorativos en sus ciudades. Así,
Marrakech no es una excepción y en sus
tierras se encuentran algunos jardines muy
hermosos como el de Menara o el de Majorella,
éste último auspiciado por los franceses en
1920.
También es una
gran atracción las cataratas de Ouzoud, al
este de Marrakech. El agua cae desde más de
100 metros de altura y tanto la vista como
la rica vegetación alrededor de las cascadas
son un impresionante espectáculo para
conservar en la retina durante mucho tiempo.
Además, también
se puede visitar un oasis con huellas
saharauis sobre una superficie de 13.000
hectáreas consagrada a las palmeras. Es El
Palmeral, al que también llaman el Bagdad
marroquí.
Los
zocos
Otra de las atracciones de Marrakech que
comparte con casi todo el mundo árabe son
sus zocos. El zoco es un mercado al aire
libre que suele recorrer diferentes
callejuelas y en el que se puede encontrar
casi cualquier cosa. En Marrakech hay varios
zocos especializados en diferentes materias.
Algunos de ellos son el de Smarine, en el
que se pueden comprar textiles; el de Zrabia,
que está especializado en alfombras
bereberes y mantas; en el de El Attarin, sin
embargo, se pueden encontrar gran variedad
de especias y ricos perfumes.
En Marrakech la
artesanía del cuero se cuida especialmente.
Allí pueden verse a los zapateros coser las
babuchas con métodos ancestrales.