Desde luego,
cuando el atrevido viajero aterrice en el
aeropuerto de Maya-Maya (Congo-Brazzaville),
que no espere encontrar un país desarrollado
y confortable en el sentido occidental de la
palabra: las infraestructuras a que estamos
acostumbrados en nuestro discurrir cotidiano
más inmediato no las hay aquí; se ven pocos
hospitales y escuelas, industrias menos, e
incluso escasean los objetos cotidianos más
usuales como libros, ceniceros o lámparas. Y
es que uno, al recorrer las calles menos
turísticas de las principales ciudades (Lubumbaski,
Kisangani, Lusambo), se da cuenta que hay
muy pocos comercios. En este desierto
consumista son impensables los hipermercados
o los centros comerciales. Cuando uno se va
alejando del centro metropolitano e ingresa
en la periferia irá siendo rodeado, apenas
sin darse cuenta, por un universo de
miseria: coches destartalados, calles
sucias, niños descalzos, edificios de
cemento con tejados de chapa, mercados
callejeros de todo tipo de artículos de
segunda mano, chabolas… completan el
derruido paisaje urbano.
Pero para el
turista es diferente. Él, verdadero
generador de las divisas locales, es tratado
entre algodones. Como en cualquier país
pobre cuya principal fuente de ingresos (o
una de las principales) es el turismo, la
imagen externa, la que debe circular por el
mundo para que otros repitan, se cuida hasta
en los más mínimos detalles. El viajero
europeo o americano es mimado, idolatrado,
casi visto como un ser que tiene más
derechos que los nativos, al que hay que
situar lejos de la miseria, en un espacio
virtual y edénico donde no faltan exquisitos
manjares, palacios de ensueño, rutas del oro
e incluso placeres permitidos y otros no
tanto. Nada más bajar del avión hombres y
mujeres se arraciman en torno al turista
occidental para ofrecerle hoteles, taxis
portes y toda clase de servicios
inverosímiles.
Después, cuando
el autobús contratado por la agencia de
viajes nos traslade al hotel (sorprende que
sea un Mercedes último modelo, con aire
acondicionado, televisión, moqueta y
asientos de perfecto tapizado, cuando casi
ni existe línea pública de bus), tendremos
la impresión de haber llegado al paraíso.
Los servicios
más modernos se combinan con los decorados
(literalmente decorados) más tradicionales y
autóctonos. Resulta pintoresco tomar un
ascensor de cristal en un edificio de techos
de caña. Ya en el interior de la habitación
el visitante novato descubre con agrado que
ésta posee las mismas características que en
occidente los hoteles de cinco estrellas:
espacio amplio, televisión por cable,
servicio de habitaciones, baño individual,
camas confortables, aroma a ambientador de
fresa, teléfono…; lo único que le recordará
que está en África son los motivos de los
cuadros, la pintura estridente de las
paredes y algunas estatuas de madera con el
rostro de dioses paganos y máscaras
tribales. Porque los africanos son gente
supersticiosa, y esta característica se
palpa en las actitudes, en las maneras y en
los decorados. Es imprescindible comprarse
algún amuleto antes de abandonar el país, ya
sea para la buena suerte, para la
fertilidad, para la felicidad, el
dinero…todos supuestamente bendecidos por
algún brujo de alguna recóndita tribu. Por
cierto, los balcones tienen vistas a parques
con abundante vegetación, exuberante y
profunda, como todo en esta tierra de
contrastes para el turista.
Sin embargo, el
verdadero encanto del lugar aún nos espera
fuera de los abarrotados márgenes de las
ciudades; lo realmente interesante en un
viaje a cualquier país de África es hacer
una excursión al continente profundo, en
nuestro caso, al Congo rural de la selva y
la sabana; un lugar donde se combina la
vegetación más exuberante con la fauna
característica de estas latitudes: leones,
elefantes, cebras, rinocerontes..., con los
cuales se puede tener un contacto directo en
alguno de los numerosos safaris organizados
que uno puede contratar a través de su
agencia de viajes o en el hotel. Siempre es
conveniente no acceder a este tipo de
servicios por vías no oficiales, ya que
éstos pueden no reunir las condiciones de
seguridad exigibles en este tipo de
excursiones. En todo caso, si uno decide
organizar el safari por cuenta propia es
aconsejable llevar chófer o guía local con
el que, por supuesto, compartamos alguna
lengua.
También se
pueden aprovechar estas actividades para
visitar alguno de los poblados rurales de la
región. Entre las tribus más numerosas
encontramos a los Bateke, los Bakango y los
Balali en la región de Pool y los Bakemba en
la región de Brazzaville, pueblos en su
mayoría agricultores que practican la caza
esporádicamente. Contactar con ellos es una
excelente ocasión para comprobar los modos
de vida más ancestrales y característicos de
estos habitantes de la sabana. Si a través
de su guía nativo el viajero logra entablar
conversación con alguno de los lugareños,
comprenderá cuan diferente es su concepción
del mundo y su forma de afrontar la
cotidianeidad más inmediata. No sólo se
trata de costumbres propias o un modo de
vida más primitivo, la subsistencia en
condiciones difíciles (guerras, hambre...)
unido a su apego a la naturaleza, ha impreso
en estas sociedades una vinculación
extremadamente marcada con su hábitat y con
sus propios vecinos, resultando chocante la
sociabilidad de estas personas, que
prácticamente viven de puertas afuera:
rituales de unión, ceremonias comunitarias,
incluso sus pintorescos bailes y música sólo
se pueden entender desde su necesidad de
identificarse y sentirse arropados por el
grupo.
Entre los
lugares más apropiados para realizar un
safari, cabe recomendar el parque nacional
Alberto, tanto por la diversidad de su
fauna, como por las especies vegetales
características que allí se pueden
encontrar: plantas carnívoras, orquídeas,
helechos gigantes...Una última
recomendación: ropa cómoda y prepararse para
un viaje largo e incómodo, pues gran parte
de la red comarcal de carreteras se
encuentra en mal estado o por asfaltar, con
lo cual la presencia de baches e
irregularidades del terreno es frecuente.
También
recomendamos una excursión fluvial por el
río Congo, navegable en la mayor parte de su
cauce, en la cual se pueden observar
multitud de aves autóctonas así como un
paisaje vegetal exclusivo, ya que es
imposible adentrarse tanto en la selva por
vía terrestre debido a su frondosidad.
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