Cuéllar es el
núcleo de población más importante de la
provincia, con 9.200 habitantes. La
industria, especialmente en el sector de la
madera, la agricultura, la ganadería y sus
derivados, así como el sector de servicios
que abastece a una amplia comarca, forman
los pilares básicos de su economía.
Cuéllar se
define esencialmente como "villa del
mudéjar". Cuando paseamos por sus viejas y
empinadas calles nos sorprende la gran
riqueza monumental que nos han ido dejando
los siglos pasados. Desde las primeras
cerámicas campaniformes encontradas
(1800-1600 a. C.) hasta el último y atrevido
diseño urbanístico de la Plaza del Estudio,
el paso de la historia ha ido dejando su
impronta en las calles y los edificios de la
villa. Palacios, casas blasonadas,
arquitectura popular, conventos, castillo...
y, sobre todo, las iglesias, con sus torres
de piedra, marcan y definen el horizonte de
Cuéllar.
Repoblada a
partir del siglo XI, fue sobre todo en el
siglo XIII cuando llegó una época de
esplendor económico basado en la economía
ganadera de la lana. Esta riqueza permitió
que en sólo un siglo se construyeran más de
una decena de iglesias mudéjares, tomando el
ladrillo como material básico para portadas
y ábsides, y utilizando la piedra para la
torre y el resto de la construcción. Todas
ellas hacen de Cuéllar el núcleo más
importante del Mudéjar en Castilla y León.
Mezcla religiosa
Además hay que señalar que fue ésta una
población donde convivieron en buena armonía
las tres culturas medievales de la
península: judíos, moros y cristianos. Fruto
de esta convivencia quedan vestigios como la
judería o la calle de la Morería, auténticos
testimonios en el amplio casco histórico
medieval.
Sin embargo,
antes de ese siglo ya se había construido la
iglesia románica de San Pedro (siglo XI),
también, la primera obra del Castillo y gran
parte de la doble muralla que envolvía el
recinto ocupado por el caserío medieval, con
los arcos de ladrillo de San Andrés y San
Basilio y el de San Martín, todo en piedra.
Otros, como el de Carchena o de San Pedro,
no han resistido el paso del tiempo ni de la
mano del hombre.
De las iglesias
propiamente mudéjares hay que destacar, por
su conservación, la de San Martín,
restaurada por la Escuela Taller. Es la
primera donde se ha podido ver el mudéjar en
estado puro, libre de los yesos y escayolas
de otros siglos. En San Andrés, con fachadas
muy interesantes hay que visitar su gran
riqueza escultórica, representada sobre todo
por un Calvario románico, sin olvidar las
pinturas recientemente descubiertas.
San Esteban nos
ofrece el ábside más representativo del
mudéjar castellano, así como sepulcros en el
interior, de este mismo estilo, pero del
siglo XVI. De otras iglesias sólo quedan
algunos restos, como el ábside de Santiago,
la torre de Santa Marina o parte del
convento de la Trinidad.
Varios castillos en uno
El Castillo-Palacio de los Duques de
Albuquerque es el edificio emblemático de la
villa. Sobresalen en él un amplio Patio de
Armas y la galería en la fachada sur, ambos
renacentistas. Hoy es Centro de Educación
Secundaria, tras una costosa pero
justificada adaptación.
Este castillo
encierra en realidad muchos castillos.
Siempre ligado a la vida de Cuéllar, -las
primeras noticias de una antigua fortaleza
mudéjar son del siglo XII- se ha ido
construyendo a lo largo de los siglos. El
gran arco de ladrillo y piedra de la fachada
sur puede suponer en sí mismo una síntesis
de todas sus etapas: mudéjar, renacimiento,
neoclásico, abandono, la rehabilitación y el
futuro. Pero fue la concesión de Enrique IV
a Beltrán de la Cueva -primer duque de
Albuquerque- el comienzo de su crecimiento y
madurez.
En todos los
castillos siempre hay lugares especiales
donde se refugia la memoria de siglos y en
este castillo se trata del torreón sur. En
este fantástico almacén de cinco pisos
habitan, toman forma y se presentan, durante
los veranos, todos los personajes del
castillo, reales o fantásticos, conocidos o
desconocidos. María de Molina, Fernando IV,
Pedro I, Juan II, Espronceda, Wellington, y
el general Hugo, Beltrán de la Cueva,
Enrique IV, Doña Mencia, Doña María de
Velasco, Doña Isabel de Girón, pero también
"Nino" -Saturnino Salazar- y las muchachas
del pueblo, cocineras y soldados, el médico
judío del tercer duque, la mora Zoraida y
otros muchos recrean historias de las que
fueron protagonistas y las reinventan en
cada ocasión, especialmente para los
visitantes.
De su mano se
recorre el granero, la mazmorra, la sal de
las duquesas, las almenas y los puestos de
vigilancia y se conoce la importancia del
ajuar, del estrado, para qué servían los
reposteros o cómo se coleccionan y donde se
esconden las historias pequeñas, las de la
gente humilde. En este espacio único, este
castillo diferente, nos introduce en
pequeños mundos vivos, rescatados del olvido
donde la existencia era una aventura tan
hermosa y/o tan difícil como lo es hoy.
Resultaría
demasiado largo enumerar el resto de los
distintos monumentos que, en mejor o peor
estado, encontramos al recorrer las calles
del pueblo. Sólo cabe decir que Cuéllar ha
tenido mala suerte en la conservación de su
patrimonio. A partir de la desamortización
del siglo XIX, un buen número de iglesias,
conventos y palacios pasaron a manos
privadas, entrando en un proceso de
deterioro y abandono, por ser utilizados
para los más diversos menesteres: fábricas
de harinas, viviendas, almacenes,
establos... el presente siglo también ha
visto caer, en aras de la modernidad
murallas, arcos y casa blasonadas.
Las calles
dejaron de estar empedradas. Sólo a partir
de la década de los setenta se inicia una
época de relativo respeto, interés y
recuperación del amplio patrimonio
cuellarano. En este patrimonio no se puede
olvidar la arquitectura popular. Son casas
construidas a base de entramado de madera y
adobe, muchas de ellas hoy enfoscadas, o
bien de mampostería de piedra caliza. Aún
quedan calles con ese sabor antiguo donde
podemos reconocer cómo era la vida en los
siglos pasados. Lo vemos en la calle de La
Pelota, junto al Castillo, la calle de
Segovia o la Plaza de la Cruz.
Gastronomía y fiestas
El lechazo asado en horno de leña es el
mayor regocijo para el paladar del
visitante. Junto a él no pueden faltar,
según la temporada, los níscalos de los
pinares, las endibias o la taza de achicoria,
antes tan denostada y hoy de reconocidas
propiedades. Los embutidos, los quesos de
oveja y las pastas tienen un merecido
prestigio por su ya antigua calidad.
Ya en 1499,
corrían los mozos cuellaranos delante de los
toros. Desde entonces, la fiesta no ha hecho
más que crecer hasta convertirse en una de
las más populares de la región, con su
conocido slogan "los encierros más antiguos
de España". A partir del último domingo de
agosto cuatro encierros recorren las calles
de la villa poniendo emotividad y riesgo
entre los miles de corredores que acuden
desde todas partes. También hay encierros
infantiles para iniciarse en el arte de
estas arriesgadas carreras y que la
tradición no decaiga.