Esta discreta
ciudad, mecida por el mar, ha sido conocida
durante muchos años por haber sido uno de
los grandes santuarios para la
experimentación de la arquitectura moderna.
Desde 1912, año en el que fue aceptado el
protectorado, numerosos arquitectos
franceses, tunecinos y griegos acudieron a
ella atraídos por la fiebre inmobiliaria que
se vivía en la época. Animados por la
política colonialista, estos hombres se
dedicaron a llenar Casablanca con edificios
en los que hábilmente combinaban modernidad
y tradición. Y hasta tal punto que cualquier
turista, por poco avispado que sea, es capaz
de apreciar las rarezas de esta mezcla cuyo
resultado final es una incalificable y
enormemente rica decoración que se extiende
por cúpulas, columnas y balcones de madera
de cedro y en la que se han sabido asimilar
las huellas del Art nouveau y del Art deco.
La vieja plaza
de Francia, rebautizada en la actualidad
como plaza de las Naciones Unidas,
representa el centro económico de la ciudad.
Inundada de comercios, este peculiar lugar
concentra los principales cafés y tiendas de
la ciudad. A lo lejos se puede divisar la
Torre del Reloj, construida en 1910 por el
capitán Dessigny. Simbolizaba el orden
colonial, pero también quería indicar a
Casablanca que debe vivir al ritmo que marca
la civilización industrial. Demolida en
1940, fue, afortunadamente, reconstruida a
imagen y semejanza de la anterior en 1994
por el ayuntamiento de Sidi Belyout.
Sin embargo, es
la avenida Mohamed V, el más claro exponente
de esa mezcla de estilos que muestra
orgullosa al mundo Casablanca. En más de
diez kilómetros se concentran los edificios
más bellos de la ciudad, construidos la
mayor parte de ellos en los años 30. Se
trata del punto de encuentro más notable de
las artes decorativas marroquies y el Art
decó. El resultado: fachadas originales en
los que los elementos ornamentales se asoman
entre las fachadas blancas y desnudas de la
época. Entre los más interesantes se pueden
citar el edificio Glaoui, el cine Rialto o
la oficina de correos. La vieja ciudad,
bordeada antiguamente por una muralla de la
que solo queda en pie una parte, aparece
discreta al borde del litoral y apenas a un
kilómetro del centro de Casablanca.
Destruida casi en su totalidad por el
terremoto de 1755, la anciana medina
musulmana alberga los monumentos con más
historia de la ciudad.
La
Mezquita de Hassan II
Cerca de 30.000 obreros trabajaron durante
más de 50 millones de horas en la
construcción de la que se ha convertido en
una de las más grandes mezquitas del mundo,
la de Hassan II. Y es que su singular
situación, justo al borde del océano y la
impresionante altura de su minarete (210
metros) obligaron a ingenieros y artesanos a
introducir las más innovadoras técnicas de
construcción. En su configuración general,
la Mezquita de Hassan II se presenta bajo la
forma de un vasto complejo de 200 metros de
longitud y 60 metros de altura. Su
estructura está hecha a base de hormigón
armado inteligentemente decorado con motivos
artesanales típicos de Marruecos. La fachada
exterior está cubierta de mármol adornado
con piezas de titanio, latón, estucado y
mármol verde y negro.
Esta mezquita,
que forma parte de un basto proyecto de
reordenamiento urbano, consta de cuatro
partes: el edificio principal, que incluye
la sala de oraciones y el minarete; un
pasaje inferior compuesto por un túnel, un
museo y una biblioteca; y un aparcamiento.
La construcción más costosa fue la del
edificio principal, para el que fue
necesario emplear 8 gruas de 220 toneladas y
otras doce móviles. La sala de oraciones
tiene capacidad para 25.000 personas gracias
a que dispone de una superficie total de
20.000 metros cuadrados.
Dentro de la
tradición del arte monumental árabe-andalucí,
la Mezquita Hassan II brilla por su
impresionante ornamentación. Esta joya de la
artesanía marroquí está completamente
recubierta por inimaginables policromías de
composiciones geométricas, de yeso
cincelado, de mármol, y de maderas
esculpidas y pintadas. Sus proporciones poco
habituales y su decoración, empeñada en
ocupar hasta el más mínimo espacio en una
especie de lucha contra las tendencias que
durante siglos la habían obligado a ocupar
superficies siempre reducidas, obligaron a
los maestros artesanos a redoblar su
ingenio. Fue precisamente este particular
desafío el que permitió renovar el arte
tradicional marroquí. Los colores más
luminosos y tornasolados de la fachada
exterior del minarete y las cúpulas
decoradas con madera de cedro son los
ejemplos más notables de las nuevas formas
de entender el arte que comienzan a salir a
la luz gracias a la construcción de esta
mezquita.
Pero además de
la impresionante riqueza de sus
decoraciones, la Mezquita de Hassan II es un
auténtico desafío al tiempo tanto por la
nobleza de sus materiales como por sus
revestimientos exteriores: puertas
monumentales en titanio y bronce, cabezales
esculpidos en las fachadas con
incrustaciones, y mosaicos en los puntos de
unión de los motivos para acentuar los
relieves.
La
Cornisa
El reordenamiento urbano al que fue sometido
Casablanca en los años 20 permitió la puesta
en pie de lo que se conoce como la Cornisa
(La Corniche), una especie de Riviera al
estilo árabe que sólo puede ser definida
como una sucesión de playas, piscinas y
lugares de ocio. Los primeros hicieron su
aparición en los años 30, por lo que hoy en
día ya son auténticos clásicos. El Lido,
convertido en la actualidad en un centro de
talasoterapia, fue el que inicio esta moda.
Disponía, en sus años dorados, de una playa
privada, un restaurante y una sala de baile.
Le siguió La Reserva, construido en 1934, y
otros muchos más hasta hacer de este
particular entorno un lugar siempre de moda.
Al margen de los
clubes privados de La Cornisa, fue edificada
la piscina más grande de África. Situada
tocando el océano y alimentada por agua
salada, esta vasta construcción disponía de
unas instalaciones siempre a la última en
cuanto a equipamiento, lo que hacía que
fuera idónea tanto para aficionados como
para expertos nadadores. Desgraciadamente,
este inmenso santuario fue cayendo poco a
poco en el olvido hasta que finalmente fue
demolido para dejar paso a la gran mezquita.
A algunos
kilómetros de las playas de la Cornisa se
encuentra el marabout de Sidi Abderhamman.
Construido sobre un promontorio rocoso
accesible tan sólo cuando la marea baja,
este monumento acoge a los peregrinos
venidos de cualquier parte de Marruecos. Su
único problema es que únicamente pueden
admirar la belleza de su interior las
personas de confesión musulmana.
Dominando
Casablanca desde el oeste, la colina de Anfa,
con sus largas avenidas repletas de flores y
sus insultantemente radiantes jardines, es
el mejor ejemplo que queda en la actualidad
de lo que significó el cambio arquitectónico
de los años 30.
Pero sin duda el
nombre de Anfa ha sido conocido en el mundo
entero por los célebres encuentros que en
sus alrededores se produjeron. Fue
precisamente en el ya demolido hotel Anfa
donde en enero de 1943 se desarrolló la
histórica entrevista entre Roosevelt y
Churchill en la que los dos estadistas
acordaron cómo y cuando tendía lugar el
desembarco de Normandía.
El
barrio de Habous
Este barrio fue construido en 1919 por el
arquitecto francés Albert Laprade con el
único propósito de albergar a la población
rural que acudía en masa hacia Casablanca.
Se trata de una creación única en Marruecos
ya que combina con una increíble habilidad
las reglas básicas del urbanismo moderno con
las grandes líneas directrices de la
arquitectura musulmana. Su éxito fue tal que
rápidamente las familias modestas que debían
ocuparlo fueron reemplazadas por familias
más acomodadas. Dos edificios destacan en
este vasto conjunto: el Palacio Real,
cerrado al público desde los años 20, y la
Mahkama del Pachá, construida en 1948.
El Palacio Real
fue construido por los hermanos Pertuzio,
que se esforzaron en hacer que este lugar
resultara ser el más suntuoso y mejor
equipado de la región. Su interior no puede
verse desde hace casi un siglo, pero si es
posible admirar de lejos sus jardines, que
fueron diseñados por el arquitecto Forestier
en 1916 siguiendo el estilo mediterráneo. La
Mahkama del Pacha, o lo que es lo mismo, el
gran tribunal para los musulmanes, fue
lenvantado entre 1941 y 1952 por el
arquitecto francés Auguste Cadet. El
edificio, que dispone de algo más de 60
habitaciones, se articula alrededor de dos
patios y todo lo que hay en él recuerda a
los antiguos palacios árabo-andaluces.
Pero, sin duda,
lo más conocido de este barrio son sus
bazares, en los que todo buen regateador que
se precie puede adquirir por un precio más o
menos asequible productos artesanales
procedentes de los lugares más recónditos de
Marruecos: muebles de madera, objetos de
cuero, alfombras,... Y para recuperar las
fuerzas nada mejor que acercarse hasta la
pastelería Bennis, la primera en la ciudad
que se especializó en la venta de productos
tradicionales y tartas típicamente
marroquís.