Pasaron más de
cuarenta años hasta que otra expedición,
iniciada en Quito al mando de Gonzalo de
Pizarro, y concluida en las aguas del océano
Atlántico a finales de agosto de 1541 bajo
las órdenes de Francisco de Orellana,
realizara la gesta de navegar a lo largo de
todo el curso del gran río y le regalara el
nombre de Amazonas, al hacerse eco de las
anotaciones registradas por el cronista de
la expedición, el fraile dominico Gaspar de
Carvajal, en las que acreditaba haber
mantenido un enfrentamiento armado contra
una tribu de mujeres guerreras, que
identificó como las amazonas de los relatos
de la antigüedad griega clásica.
Aunque de dudosa
credibilidad, lo cierto es que aquellos
hechos acabaron por dar el nombre a esa
enorme arteria que casi parte en dos el
continente americano, naciendo en los Andes
peruanos y surcando imparable las tierras
hacia el este, casi en paralelo a la línea
del ecuador, hasta desembocar en el océano
Atlántico. Más de 6300 kilómetros de
longitud, que hacen de este sistema fluvial,
constituido por cientos de ríos secundarios
y afluentes, el más extenso del mundo,
llegando a recoger casi del 20 por ciento
del agua dulce que existe en nuestro
planeta.
Largo es su
camino, y extenso su devenir, mayor o menor
en función del caudal fruto del índice de
pluviosidad y de su ubicación, pudiendo
pasar a medir desde 11 kilómetros de anchura
en algunos lugares de su curso, hasta los
más de 300 kilómetros que llega a medir en
su desembocadura. Es tal el caudal que el
río vierte en el Atlántico que sus aguas
pueden llegar a adentrarse hasta 200
kilómetros en el océano sin perder su
identidad.
Cuando el gran
río llega al mar, se desmenuza en una
multitud de canales de mayor o menor calado,
que constituyen un enorme entramado de islas
marítimo-fluviales que dan vida al delta del
Amazonas. Muchos de ellos son navegables por
buques de gran calado dando lugar a enormes
islas y bahías que posibilitan los
asentamientos humanos.
La desembocadura
del Amazonas, administrativamente, forma
parte del estado de Pará, el segundo más
extenso de Brasil, con 1.250.000 kilómetros
cuadrados, esto es, dos veces más grande que
la península Ibérica. Su capital es Belém,
ciudad situada en la bahía de Guajará, que
todavía dista unos 130 kilómetros del
Atlántico, y con una población algo superior
al millón trescientos mil habitantes.
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Cuatro de junio
de 2005, antes de aterrizar en el aeropuerto
internacional de Val de Cans. Desde aquí,
desde el cielo, desde este avión, entre las
nubes, todo el suelo es verde y marrón. El
verde lo brinda la selva, esa selva
ecuatorial que puebla todas las islas que
constituyen el estuario del gran río, con
sus enormes árboles y su densa vegetación
que no permite ver el color de la tierra que
les sirve de cuna. Y el marrón lo regala el
agua, esa enorme extensión de agua dulce que
al tiempo que arrastra y limpia todo lo que
la naturaleza y la civilización evacuan, les
da el alimento y el sustento necesario para
asegurar su subsistencia: el río es la vida.
Belém do Pará,
puerta del Amazonas, se halla situada sobre
un cabo que hiere profundamente la bahía de
Guajará, donde el río Guamá se une, formando
un inmenso estuario, a los ríos Pará y
Tocantins. La denominada "Cidade das
Mangueiras", cobra tal nombre de la enorme
cantidad de majestuosos mangos que crecen en
sus calles, llegando a formar verdaderos
corredores y túneles verdes, por los que
discurren vehículos y personas. La ciudad,
situada un grado al sur del ecuador, goza, o
sufre, durante todo el año de elevadas
temperaturas, con mínimas que no descienden
de los 20 grados centígrados, y que, junto
con una tremenda humedad, producto de la los
elevadísimos índices de pluviosidad,
configuran uno de los ejemplos más claros de
la adaptación de la especie humana a
cualquier medio, sea al precio que sea.
Porque en Belém, como dicen los belemeses,
"o llueve cada día, o llueve todo el día",
siendo así tímida la diferencia entre las
dos estaciones anuales: la lluviosa y la
menos lluviosa; y es tal la presencia de la
chuva en la misma sociedad que los
pobladores conciertan citas antes o después
de la misma, y es que cada tarde, entre las
4 ó las 5, llueve, y gracias al cielo, nunca
mejor dicho, pues es la única manera de
sacudirte de encima el bochorno que amenaza
con deshidratarte.
Belém, fundada
en 1616 por los portugueses, en un intento
de controlar y de proteger al mismo tiempo
la desembocadura del Amazonas de las
incursiones del resto de potencias
coloniales europeas, principalmente Francia
y Holanda, tuvo su origen en el Forte do
Castelo, conocido en sus inicios como Forte
do Presépio, y que dio lugar a la colonia
inicial, que fue llamada Feliz Luzitânea.
Hoy, en el fuerte, visitable de martes a
domingo, además del propio recinto
modernamente rehabilitado, se puede
contemplar una interesante exposición sobre
los orígenes de la colonia, habilitada en
las antiguas dependencias militares.
Alrededor del antiguo fuerte, hacia el sur,
se forjó la Cidade Velha, núcleo inicial de
establecimiento de la población local,
estructurado linealmente en estrechas calles
vestidas al viejo estilo colonial portugués,
forradas en blanco, antiguo y con algo de
melancolía y tristeza, y ornamentado por
destartaladas iglesias barrocas como la de
Nossa Senhora do Carmo. Junto al fuerte, la
Praça de Dom Frei Caetano Brandâo, que
aglutina todo un conjunto de edificios
históricos importantes: allí yacen la casa
das Once Janelas, antigua residencia de
terratenientes, hoy dedicada al arte y la
cultura; la Igreja da Sé o Catedral
Metropolitana edificada al estilo barroco
neoclásico portugués colonial del XVIII,
dedicada a Santa María de Belém y que por
estos días está siendo reformada para
retomar el color y el sabor que el agua y el
viento le robaron tiempo ha; y la antigua
pero límpida y reformada Igreja de Santo
Alexandre, hoy reconvertida en Museu de Arte
Sacra do Pará.
A unos pasos, se
abre ante tus ojos una enorme explanada,
ocupada por la Praça do Relógio y por la de
Dom Pedro II. La primera de ellas, realmente
denominada Praça de Siqueira Campos, cuenta
con un interesante reloj modernista montado
sobre una torre de 12 metros de altura que
ornamenta su centro, regalándole así el
nombre popular, y estando flanqueada por
coloridos edificios coloniales, recoge en su
margen norte un reducido muelle donde
todavía atracan pequeños barcos pesqueros y
donde los negros urubús, que no son más que
los buitres brasileños autóctonos, sacian
sus instintos de limpiadores naturales,
cuando la marea baja y muestra los
desperdicios que el agua arrastra y la arena
amaga. A su lado, la Praça de Dom Pedro II,
entre monumentos disimulados y casi ocultos
por una espesa vegetación, acoge dos
espectaculares edificios erigidos en los
últimos años del siglo XVIII: el primero, el
Palácio Antonio Lemos o Palácio azul, debido
al color celeste de su fachada, hoy alberga
la Prefectura y el Museu de arte de Belém, y
el segundo, el Palácio Lauro Sodré o Palácio
do Governador, que antaño fue sede de la
administración colonial portuguesa y hoy ha
sido reconvertido en el Museu do Estado do
Pará, utilizándose algunas de sus salas para
organizar exposiciones temporales: por estos
días se puede contemplar una preciosa
exposición sobre el célebre compositor
musical paraense Waldemar Henrique.
A un tiro de
piedra, al noroeste siguiendo la línea del
río, encontrarás uno de los elementos
urbanísticos más característicos y a la vez
más bellos de la ciudad, el Mercado de
Ver-o-peso. En realidad más bien es un
complejo, formado por multitud de puestos de
venta donde se exponen las mercancías,
agrupadas por géneros, siendo el elemento
más destacado el mercado del pescado,
habilitado en un edificio con aires
modernistas, blindado en azul y forjado en
hierro europeo importado de tierras
británicas cuando la ciudad vivía la etapa
más jubilosa de su historia, el siglo XIX,
en el apogeo del caucho, la borracha, como
producto monopolizado en exclusiva por la
Amazonía. Curioso es evocar el origen del
nombre, pues este viene dado por la
costumbre que tenían los recaudadores de
impuestos portugueses, del tiempo en que
Belém era una colonia, de comprobar el peso
de las mercancías que entrando o saliendo de
la ciudad, pasaban por aquella ciudad, con
ánimo de cobrar los aranceles pertinentes:
esa era su obsesión, ver el peso de los
productos y cobrar en relación a ello, por
supuesto.
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Y algo más al
este, sin dejar la ribera del río que llega
hasta el mar, podrás alcanzar la Estaçao das
Docas, espectacular complejo de ocio de
30.000 metros cuadrados y 500 metros de
ribera fluvial, compuesto por restaurantes,
bares, comercios y tiendas de artesanato,
ubicados en los antiguos almacenes
portuarios del antaño floreciente puerto, y
hoy en pleno proceso de reflotamiento, donde
se dedica un interesante programa de actos y
espectáculos a difundir la cultura y la
tradición, y a ejercitar el ocio y la
diversión. Este proyecto, mediante el que se
han reformado tres de los barracones
portuarios, forjados en hierro inglés,
continuando el resto dedicados a las
tradicionales labores de transporte de
pasajeros y mercancías, y conservando gruas
y demás elementos propios de las antiguas
instalaciones porturarias como tributo a su
pasado, constituye una importante
reconversión de obsoletos elementos en una
práctica y rentable realidad, una apuesta de
futuro que es expresión palpable de que la
inversión turística y cultural empieza ya a
formar parte del presente rentable y
solvente de esta ciudad.
A continuación
ascendiendo por la Avenida Presidente
Vargas, bordeando la concurrida y transitada
zona comercial, donde puedes comprar
cualquier cosa a precios competitivos,
llegarás a la Praça de la República, centro
neurálgico de la nueva Belém. Esta enorme
plaza aparece empedrada a la manera
lisboeta, con miles de pequeñas piedras
blancas y negras que unidas, unas con otras,
alfombran su suelo dotándolo de formas,
colores, luces y sombras. Y allí entre el
siempre presente verde exuberante de la
Amazonia, junto al Bar do Parque, típico
lugar para disfrutar de las bebidas y demás
excelencias locales, puedes encontrar el
símbolo arquitectónico de la ciudad por
excelencia, el Teatro da Paz.
Hubo un tiempo
en que Belém quiso ser París. Fruto de la
riqueza desorbitada que durante el siglo XIX
originó la exportación del caucho, se creó
una burguesía emergente que, junto con la
aristocracia dominante, intentó rodearse de
todos aquellos elementos que incrementaran
su glamour con ánimo de asemejarse a la
ciudad soñada. Así se diseñaron jardines y
se construyeron edificios a la francesa, y
el más notable de todos ellos fue el teatro
de la ópera, precioso y exuberante, como la
misma selva, pero extrañamente ubicable en
estas latitudes. En 1878 se erigió este
primer teatro amazónico, después le seguiría
el teatro de la ópera de Manaos, que fue
edificado en un magno y deslumbrante estilo
neoclásico con espectaculares columnas
corintias sobre la entrada, y bautizado con
el nombre de Teatro de Nossa Senhora da Paz.
La espectacular madera del Amazonas que
recubre su suelo, los bronces forjados sobre
las escaleras, creados para ser pisoteados
al subir piso a piso, las enormes arañas de
mil lágrimas que irradian luz al complejo,
los majestuosos frescos italianos que
brindan color a sus techos y los adornos
cubiertos en oro que decoran las tribunas,
son sólo algunos de los rasgos apreciables
en su megalómano interior.
Y andando o a
bordo de uno de los desbocados onibuses
(autobuses urbanos), que innumerables
cabalgan por la ciudad, nos dirigimos al
barrio de Nazaré, así llamado porque entre
lujosas mansiones que nos traen recuerdos de
otras épocas, gloriosas pero olvidadas,
hallamos la Basílica de Nossa Senhora de
Nazaré. Erigida en el mismo lugar donde el
caboclo Plácido, allá por el 1700, halló la
imagen de la Virgen de Nazaré, que los
portugueses habían traído de Portugal.
Cuenta la leyenda que, misteriosamente,
cuando llevaban la imagen a la Igreja da Sé,
en poco tiempo volvía a aparecer en el mismo
lugar donde la había descubierto el
lugareño, sin que nadie encontrara
explicación satisfactoria a tal fenómeno, y
así se decidió construir, en aquel mismo
lugar, una capilla votiva, hasta que en el
año 1852 se edificó la actual Basílica.
Espectacular obra de enormes dimensiones, en
su planta está inspirada en la Basílica de
San Pablo de Roma, destacando un interior
elevado mediante 32 columnas de granito y
embellecido con vitrales traídos de Francia
e importados mármoles de Carrara.
Aquí tiene lugar
el acontecimiento anual más famoso de la
ciudad: el Cirio de Nazaré. Cada segundo
domingo del mes de octubre, los belemeses
toman en volandas el trono con su Virgen y
lo sacan en procesión a la calle, paseándola
entre la devoción y la oración de feligreses
y curiosos, en un itinerario que partiendo
de la Catedral concluye en la Basílica. Esta
costumbre, eminentemente católica y tan
extendida en nuestra España, llega a reunir
hasta dos millones de fieles en las calles,
tal es el fervor religioso en esta ciudad y
en este país.
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Y avanzando un
poco más por la Avenida de Nazaré, cuando la
avenida cambia su nombre por el de
Governador Magalhanes Barata, hallamos el
Museu Paraense Emilio Goeldi. Ubicado en una
antigua Rocinha, que viene a ser una
hacienda rural donde vivían las familias
acomodadas en el siglo XIX, fue fundado en
1866 y recoge en sus 50.000 metros cuadrados
más de 3000 especies vegetales y animales.
Es todo un explícito compendio de la selva
amazónica, donde destacan enormes árboles
como un Guajará de más de 150 años de
antigüedad, una Samaumeira de 46 metros de
altura, así como animales tan paradigmáticos
de la Amazonía, como la Onça (jaguar), el
peixe-boi (manatí), el jacaré (cocodrilo),
etc... Además, en el mismo complejo también
puedes visitar un precario pero interesante
acuario, de peces de agua dulce en su
mayoría, así como dos exposiciones, ubicadas
en la antigua residencia del propietario de
la rocinha, en que puedes vislumbrar el
proceso de restauración del recinto y
aprender sobre los iniciales pobladores de
la zona durante la prehistoria amazónica.
Si por algo me
sorprendió la ciudad, es por la integración
de la naturaleza con la civilización. La
exuberancia vegetal y animal de este enorme
parque zoobotánico parece difícilmente
compatible con una organización humana
compleja como es una ciudad, pero ello se
consigue en varios enormes parques,
verdaderos pulmones urbanos.
De parecida
condición, hallamos el Jardim Botánico o
Bosque Rodrigues Alves, exuberante derroche
de naturaleza vegetal y en menor medida,
animal. Excelente lugar para disipar entre
las sombras el insufrible calor que domina
el día mientras no llueve.
En este sentido
también puedes hallar el Margal das Garzas,
instructivo complejo de reciente creación
que crea y preserva un microclima
típicamente ribereño del Amazonas, con su
flora y su fauna, además de una espectacular
torre observatorio, desde la que se puede
vislumbrar todo el complejo, así como de
estanques, viveros y recintos de cría y
observación de colibrís (beija-flor),
mariposas (borboletas), garzas (garças),
flamencos (guarás), etc...
Y no puedo dejar
Belém sin ceder un espacio a su estupenda
gastronomía, heredera de la cultura
indígena, en la que destacan espectaculares
platos, tales como el Pato no Tucupí, la
Maniçoba, el Tacacá, el Munguçá... El arroz
y el feijao (alubias), y el frango (pollo),
son platos básicos, así como la farinha
(harina de mandioca), condimento necesario
en cualquier comida, y que adobada con
mantequilla se denomina farofa. También es
de consumo habitual el peixe (pescado),
destacando el Pirarucu, la Pescada, la
Dourada, etc... Y todo ello sin obviar el
papel fundamental que ocupan las frutas y
sus zumos dentro de la alimentación local,
encontrándose numerosas y muy sabrosas, de
nombres mágicos e imposibles, y desconocidas
en nuestras latitudes, tales como la
acerola, el cupuaçu, el caju, el maracujá,
el bacuri, la pupunha, etc..., y sin olvidar
a las conocidas abacaxi (piña), el morango
(fresas), el mamao (papaya), la laranja
(naranja), la goiaba (guayaba) y decenas de
frutas más, finalizando la lista con dos
eminentemente amazónicas: la primera, una
especie de baya con caraterísticas
revitalizantes conocida bautizada por los
indígenas con el nombre de Guaraná; y la
segunda el Açaí, también una baya del tamaño
de una cereza y de un color morado, que
triturada se toma líquida, siendo un
reconstituyente ampliamente difundido por
estas latitudes.
Y antes de
concluir, este viajero no puede evitar echar
la vista atrás y recordar con cariño el
maravilloso carácter de las gentes del
lugar, con esa simpatía espontánea,
inmanente y natural, que derraman al hablar,
así como expresar mi más sincera admiración
ante la belleza sin parangón de sus mujeres,
de tan hermosos rasgos fruto de la
mezcolanza de las razas indígenas, europeas
y africanas.
Belém, vieja
ciudad vertical, verde y marrón, el río que
te regaló sus colores hoy te impone una
eterna guardia antes de su lucha contra el
mar.
Belém, así es
como yo te vi, eres tanto en tan poco, que
hoy ya sé porqué volví a ti.