El pueblo de
Balmaseda, por su relieve accidentado, por
los Montes Vascos, es montañoso aunque
presenta, en general, formas suaves y poco
abruptas donde se dibuja un límite
meridional en la sierra de Cantabria.
Presenta un modelado ciertamente intrincado,
de numerosos valles encajados entre
alineaciones montañosas de distinto porte y
contextura. El Monte Kolitza (874 m de
altitud) corona esta Villa, y está rodeado,
a su vez, por elevaciones importantes con
alturas próximas o superiores a los 1.000 m,
son los montes de Amboto, Elgoin, Alluitz,
Urquiola, Betsaide y Oiz.
Por lo que se
refiere a la red hidrográfica que lo riega
hay que destacar la presencia del río
Kadagua que cruza toda la Villa de Balmaseda
y recibe los siguientes afluentes: Kolitza,
Tueros y Acebo por la izquierda y Angostura
por la derecha. Sin embargo, la red
hidrográfica de la provincia, perteneciente
a la vertiente del Cantábrico, destaca por
la cuenca de Ibaizábal-Nervión. Otros ríos
de menor importancia que riegan el municipio
son el Artibai, que junto al Bolívar forman
la ría de Ondárroa; el Lea, que desemboca
junto a Lequeitio; el Mundaca, que desemboca
en la ría de Guernica; el Butrón, que
desemboca junto a Plencia; y el Somorrostro,
que desagua en la ría de Poveña.
Historia
Las primeras huellas humanas conocidas en
Balmaseda (según parece el nombre deriva del
Euskera Ibai baseda que significa "bosque
extendido a orillas del río") se encuentran
en el túmulo de La Garbea, aunque se debe
tener en cuenta que estos monumentos
funerarios prehistóricos son vestigios de
actividades pastoriles trashumantes. El 24
de enero de 1190, don Lope Sánchez de Mena,
señor de Bortado, acordó el fuero y la sede
de una jurisdicción a la ciudad.
Así nació la
primera ciudad de Vizcaya, mucho antes que
Bilbao (1300), aunque hay que matizar esa
primacía cronológica: en el siglo XII,
Balmaseda, bajo la corona de Castilla,
todavía no formaba parte de Vizcaya. En
realidad, se integró en la provincia vasca
en 1394, al mismo tiempo que la región de
las Encartaciones. Más tarde, por su
situación estratégica, la localidad fue
apartada de Vizcaya por el emperador
Napoleón. Asimismo, durante unos años,
Balmaseda fue englobada en la provincia de
las cuatro ciudades, formadas por las
comunas de Orduña, Santoña, Laredo y
Santander.
En la creación
de la Villa se tendría en consideración lo
favorable del terreno para un asentamiento
entre el cerro y el río, y por tanto lugar
apropiado para una población fortificada.
También pesaría el interés por regular y
fomentar el tráfico mercantil, potenciando
el enlace Castro-Castilla y reutilizando
para ello la vieja calzada romana que pasaba
por aquí. El hecho de ser Balmaseda paso
obligado del comercio la convirtió en plaza
aduanera y en importante villa-mercado. Por
ello, sus gentes se dedicaron principalmente
al comercio, mesonería, industria artesanal,
elaboración del hierro y el cobre, etc. De
la importancia del comercio es testigo el
establecimiento de los judíos en la Villa, y
hay suficientes datos para saber que habían
prosperado económicamente con su actividad
cuando se les expulsa a finales del siglo XV.
Esta importancia como población mercantil y
aduanera va decreciendo a partir del siglo
XVIII, al abrirse el camino de Orduña y
desviarse paulatinamente por allí el
trasiego de mercancías.
Las guerras del
siglo XIX castigaron especialmente a
Balmaseda, una vez más, por ser paso entre
la costa y Castilla, aunque a juzgar por las
muchas obras emprendidas entonces, también
hubo años de bonanza económica. La llegada
de los ferrocarriles, a finales del siglo
pasado, marca un resurgimiento económico,
además, uno de ellos, el de La Robla, centra
una parte importante de su actividad en
Balmaseda. La instalación de los Talleres y
otros servicios atrajo a gentes de otras
regiones, con lo que se repite la tradición
que, desde la época medieval, tenía
Balmaseda en este sentido.
Entre sus
principales monumentos hay que destacar el
puente Viejo, cuya construcción data del
primer tercio del siglo XIII. Era paso
obligado del antiguo camino de Castilla.
Tiene un arco central muy elevado y otros
dos más pequeños a los lados, lo que
resultaba incómodo para el acarreo, motivo
por el que se construyó otro en el centro de
la villa en el siglo XVII.