No podríamos
empezar nuestro pequeño viaje por Las
Bahamas por otro lugar que no fuera Nassau,
su capital. Llegar a esta ciudad es como
volver a la época en la que el legendario
pirata Barba Negra imponía su propia ley.
Pero Nassau tiene dos caras. Por un lado,
nos brinda la posibilidad de admirar las
bellas mansiones victorianas, las catedrales
y las fortalezas del siglo XVIII que aún se
conservan. Por otro, nos enfrentamos de
golpe al toque de decadente modernidad que
le dan sus hoteles, casinos, cabarets, y
centros comerciales. Todo ello amenizado con
los platos típicos de la zona: conchas
repletas de frutos tropicales, meros,
pescado hervido, guisantes y arroz, etc.
Apenas a media
hora del bullicio de Nassau, nos topamos con
Andros, una de las islas menos exploradas,
lo cual significa que te cruzarás más a
menudo con todo tipo de animales y plantas
curiosas antes que con seres humanos.
Incluso es posible que te encuentres con un
“chikcharnie”, criatura mítica que según la
tradición se caracteriza por tener tres
dedos en las manos y los pies, y los ojos
rojos. Aquel que tiene la suerte de
observarle de cerca, dice la leyenda, será
afortunado el resto de su vida.
La segunda
parada es la isla de Bimini, en la que hoy
en día aún pueden verse los restos de los
galeones españoles que yacen en el fondo del
mar invadidos por corales y rodeados de
exóticos peces. El legado de una isla que
empezó siendo el punto de encuentro de
comerciantes de ron y náufragos. Y es que
Bimini vive y respira mar. Esto explica que
haya sido fuente de inspiración para muchos
escritores, entre ellos Ernest Hemingway.
Cuando cae la noche lo mejor es visitar
“Completa Angler” o el “End of the World”,
donde es posible tomar un cóctel
tranquilamente mientras se disfruta de
música en directo.
La Gran Bahama
es conocida porque en ella se encuentra la
ciudad de Lucaya, la más cosmopolita y
sofisticada, incluso por delante de Nassau.
Se trata de un paraíso para los deportistas
en el que se organizan todo tipo de
campeonatos: pesca, tenis, golf,
submarinismo, windsurf, etc. Una de las
frases más populares en Las Bahamas es: “Si
no pueden encontrarlos están en Lucaya o en
la cárcel”.
La primera
opción en el archipiélago de Abacos es sin
duda salir a navegar en balandro, pero si
está fuera de tus posibilidades no
desesperes. Siempre puedes visitar el Parque
Nacional de Pelícanos o el Parque Nacional
de Abaco, situado al sur del archipiélago y
que cuenta con veinte mil acres de
extensión.
Hace trescientos
años un pequeño grupo de peregrinos ingleses
aterrizó en la región con la esperanza de
poner en práctica una manera de entender la
religión más libre. De ahí surgió Eleutera,
que significa libertad en griego. Si buscas
tranquilidad y calma has ido a parar al
lugar adecuado. No hay que abandonar la isla
sin visitar la cueva del Predicador, en la
que sorprende la existencia de una capilla
medio salvaje.
Inútil es
proseguir sin permanecer, aunque sea unas
horas, en la isla del Gato, cuyo nombre se
debe a un famoso pirata británico, Arthur
Catt, pero también a las hordas de gatos
salvajes que los ingleses encontraron en
este islote cuando desembarcaron en sus
costas en el siglo XVI. La leyenda cuenta
que estos animales son los descendientes de
los huérfanos que dejaron los colonos
españoles que huyeron en busca de oro a
Sudamérica. San Salvador es otro de los
grandes tesoros que esconde este país. De
hecho, fue la primera de las islas que piso
Cristóbal Colón cuando inició su conquista
de Las Américas en 1492. De ella sólo pudo
decir una cosa: “La belleza de esta isla
supera a la de otras tal y como el día
supera en esplendor a la noche”.
Las
islas de la Inagua
En el caso de
las islas de la Inagua, que deben su nombre
a la iguana, su mayor riqueza no es su
variedad sino la sal. La mayor compañía de
la región produce más de medio millón de
kilos al año, convirtiéndose en la segunda
salina solar en América del Norte. Resulta
especialmente fascinante observar cómo los
nativos trabajan este producto. Muy cerca se
encuentra la isla de Acklins, una de las
menos conocidas de las Bahamas, lo que se
debe, en parte, a su terreno, plagado de
formaciones rocosas, que permitió que
piratas y bucaneros establecieran en ella
sus centros de operaciones, concediéndole
una reputación más que dudosa. Su mayor
atractivo radica en la gran cantidad de
tortugas que alberga y que llega a resultar
hasta molesta.
Poner el pie en
la isla de Crooked es como entrar en un
jardín en el que se han reunido las más
increíbles fragancias del mundo. Tranquila y
remota, en ella se pueden encontrar
numerosos ejemplares de aves salvajes. Los
habitantes de esta región son descendientes
de esclavos y su filosofía de la vida, “el
amo proveerá”, sigue siendo un ejemplo de la
tradición que existió. El día a día es
intuitivo. Una madera, una espina y poco más
pueden servir para crear un instrumento
cuyos sonidos, únicos en el mundo,
acompañarán las noches calurosas.
En definitiva,
Las Bahamas nos ofrecen una manera de ver la
vida basada en la improvisación que nos
aleja de los convencionalismos para
llevarnos a un mundo salvaje del que podemos
aprender tan sólo en el caso de que seamos
capaces de no dejarnos guiar por un turismo
fácil.