Cercanas las
festividades navideñas y con ellas el
consabido ritual de los regalos,
indefectiblemente surgen por todas partes
campañas que exhortan a erradicar los
juguetes bélicos, es decir, aquellos que
emulan las armas destructivas o los
artefactos usados en las guerras.
Desde hace
algunas décadas, el rechazo del juguete
bélico no sólo es compartido por pedagogos,
políticos y padres y madres de familia, sino
que incluso los propios fabricantes del ramo
han renunciado no pocas veces a los
beneficios que pudieran reportarles
eliminándolos de sus catálogos.
Para el
psicólogo José María Romera el juguete es,
entre otras cosas, un transmisor de valores
que va formando la sensibilidad y los
hábitos del niño predisponiéndole hacia sus
conductas de adulto. Regalar una metralleta
de pega a un niño es prepararle para que en
el futuro no ponga reparos al uso de una
auténtica.
Si se considera el juego como representación
simbólica de un mundo que se va forjando en
la mente infantil y que determinará las
tendencias del sujeto en la edad adulta,
resulta evidente lo pernicioso de unos
juguetes que potencialmente inducen a la
agresividad y la violencia. Desde esta
perspectiva, están sobradamente justificados
los rechazos de pacifistas, al igual que las
críticas contra otros juguetes que asignan a
los niños o las niñas papeles sociales
diferentes (el balón y la muñeca, el
cochecito y los cacharros de cocina),
reproductores de modelos sexistas caducos.
Pero habría que
preguntarse cuánto de cierto y cuánto de
tópico no exento de hipocresía social hay en
estas consideraciones. ¿Verdaderamente el
juguete bélico forja cafres desalmados,
militaristas cerriles, individuos proclives
a apretar el gatillo, o su condena no pasa
de ser una más de las consignas
políticamente correctas puestas en
circulación en esta sociedad moderna más
dada a la fácil censura que a la conducta
responsable?
Importante:
Regalar una metralleta de
pega a un niño es prepararle para que en el
futuro no ponga reparos al uso de una
auténtica
Edades
influenciables
Los psicólogos y
educadores no llegan a ponerse de acuerdo.
Para unos, no cabe la menor duda de que las
armas de juguete traspasan el límite de lo
conveniente en unas edades muy
influenciables, que sucumben fácilmente a la
fascinación de la violencia. Otros, en
cambio, consideran que es preferible
canalizar la agresividad que reprimirla; y,
en este sentido, el juguete cumpliría una
función vicaria e higiénica. La controversia
vuelve al viejo conflicto entre 'mimesis'
-imitación- y 'catarsis' -desahogo,
liberación-, tan repetido a la hora de
juzgar la calidad moral de lecturas,
espectáculos y entretenimientos de diverso
tipo.
Pocos juegos
extendidos no sólo en la infancia, sino
entre los mayores, carecen de algún
componente de rivalidad, agresividad,
competencia o contienda. Un gran número de
ellos -desde el ajedrez hasta el fútbol-
emula en sus reglas y en su lenguaje
infinidad de elementos bélicos. Sin embargo,
mientras unos favorecen la aparición de
comportamientos crueles, otros son tenidos
como modelo de 'fair play' y escuela de paz
y concordia. Se sabe de personas agresivas
que han dejado de serlo gracias a terapias
basadas en la lucha física. Pero tampoco
puede negarse la evidencia de crueldad que
encierran muchas costumbres festivas
populares, muchos deportes de contacto,
muchas representaciones lúdicas en
apariencia pacíficas.
Convendría tal
vez desviar la mirada del objeto, es decir,
del tipo de juguete, y dirigirla hacia el
medio en que se emplea y el uso que vaya a
hacerse de él. Un fanático de la asociación
del rifle que regale miniaturas de armas de
fuego a sus nietos albergará la siniestra
esperanza de que en el futuro éstos sean
devotos de la pólvora. En cambio, es difícil
que unas miniaturas de caballeros medievales
conduzcan al niño a otra cosa que no sea el
interés por el conocimiento de la Historia.
El verdadero problema de los juguetes de
cualquier clase surge cuando éstos dejan de
cumplir su función estrictamente recreativa,
de entretenimiento o de estímulo de la
imaginación y quedan contaminados,
consciente o inconscientemente, de otras
intenciones y otros usos.
Cualquier juguete
puede causar estragos
Ni
que decir tiene que los juguetes bélicos no
surgen de la inocencia. Tradicionales o
modernos, reproducen objetos y acciones
directamente relacionadas con la violencia,
la crueldad y el horror. Pero, por otra
parte, su ambiguo atractivo estético
proviene de esa mezcla de colorido,
dinamismo, sonoridad, aventura y triunfo que
tan notables piezas ha inspirado desde
tiempos remotos en la literatura, la música
y las artes plásticas. Los verdaderos
peligros del juguete bélico no radican tanto
en su naturaleza como en la interpretación
que el medio y el individuo hagan de él. De
hecho, cualquier objeto, y desde luego
cualquier juguete 'inocente' puede llegar a
causar estragos si se emplea indebidamente.
Bien mirado, ¿no es más bélica una cuerda de
saltador puesta por el niño celoso alrededor
del cuello de su hermanito que un
portaaviones puesto a flotar en la bañera?.
Otros enigmas
Las ofertas del mercado y las demandas de
los niños han dejado atrás, en parte, esta
discusión. Es tan abundante el número y el
tipo de juguetes y tan poderosos los efectos
persuasivos de la publicidad, que las
dicotomías educativo / pernicioso, sexista /
igualitario, bélico / pacífico no sólo
carecen de sentido, sino que quedan
desplazadas por otros enigmas más acuciantes
en la cultura del entretenimiento.
Los tan
solicitados videojuegos han traspasado todas
las barreras de los antiguos códigos. Sus
contenidos, a menudo espeluznantes, escapan
a nuestra capacidad de discernir entre lo
tolerable y lo perverso. La misma realidad
representada en los medios de comunicación
transmite a todas horas el discurso de la
violencia y la agresividad. El problema del
juguete es que lo compramos nosotros, los
padres: no nos queda la coartada de cargar a
los otros con las posibles consecuencias.
Pero difícilmente podremos acertar en la
elección de regalo si antes no hemos
ejercido el control o la vigilancia sobre el
mando a distancia, el ordenador, las
consolas o incluso el estudio y los
entretenimientos de los niños.