Contrario a
la creencia popular, los niños pequeños se
dan cuenta de lo que pasa a su alrededor.
Cada niño reacciona a su manera cuando la
madre lo deja. Unos se pondrán a llorar al
instante y se aferrarán a ella, rechazando a
la persona que los va a cuidar, incluso si
esa persona es su padre o abuelos. Otros
harán como si no le importara, pero se
mostrarán enojados y distantes con su madre
cuando regresa. Puede suceder, que halla
pasado maravillosamente durante ese tiempo
de separación, pero al volver su madre,
algún “accidente” ocurre, lo que llevará a
mucho llanto y dolor, necesitando de
contención y abrazos para que se pueda
calmar.
Separarse por poquito tiempo de vez en
cuando es saludable tanto para la madre como
para el niño. Para el niño puede ser un
alivio comprender que su impulso de posesión
celosa no llega a impedir que la madre
salga. El tener que estar sin su madre por
un rato, animará al niño a profundizar en
sus relaciones con otras personas, como
padre, hermanos y otros niños o adultos.
Es natural que los padres deseen que sus
hijos crezcan y sean independientes, pero no
nos equivoquemos en pensar que ser
independientes es aquel niño que parece no
importarle que la madre vaya o vuelva. Es
saludable y normal que proteste cuando la
madre lo deja. Con esto nos dice que su
madre es importante para él. La actitud del
niño ante la separación dependerá en parte
de su temperamento y en parte de la relación
que tenga establecida con la madre. Aunque
la separación pueda ser algunas veces
beneficiosas, los padres no deben exigir a
que un niño de un año sea demasiado
independiente, a esa edad tiene todavía
necesidad de aferrarse a la madre.
Alrededor de los dos años, el juego se hace
importante como forma de superar las
separaciones de sus padres. Tanto su madre
como padre son importantes para él. Jugar a
perder y encontrar, a esconderse y ser
buscado, así como a preparar una pequeña
mochila con sus juguetes preferidos e irse
de paseo, le ayudarán a tolerar y adaptarse
a los períodos sin sus padres.
Estos juegos de paseos le permitirán
fantasearse ellos mismos fuera de su casa.
Cuando su mundo social se va ampliando,
quedarse a dormir en la casa de un amiguito
es toda una experiencia, que va a depender
cuanto la disfrute, si sus experiencias
previas de separación han sido bien
toleradas y gratificadas. Los niños de tres
años se adaptan bien a una separación si se
hallan preparados para ella. Si confían en
los padres y se les dice con anticipación.
Es importante que los adultos vuelvan cuando
prometieron que lo harían. La incertidumbre
y la ansiedad hacen que su comportamiento
sea de desconfianza y enojo.
A todos nos gustaría que nuestros niños
fueran felices todo el tiempo. Sin embargo
debemos tener en cuenta que a medida que el
niño crece, cambios en su mundo emocional
van sucediendo. La edad de cuatro años es
proclive a la ansiedad. Separarse de sus
padres, si bien ya es un hecho común en su
vida, necesita de una madre o un padre que
este ahí para defenderlo de su propio
nerviosismo, de su sentimiento de soledad o
de cualquiera que sea el sentimiento que
tenga cuando sus padres no están. Paciencia
y reflexión son las mejores armas para
ayudar al niño. Tomar seriamente sus
temores, sus preocupaciones y concederles
nuestra atención.
Teniendo en cuenta las etapas del desarrollo
psicoemocional de nuestro hijos y
comprendiendo como se va desplegando su
mundo, lograremos niños independientes y
seguros de sí mismos, que comprenderán que
la separación de sus padres es momentánea y
relacionarse con otros puede resultar muy
gratificante y pleno de nuevas experiencias.
Por Psic. María Assanelli – Especialista en
Psicología Perinatal