Antes, este término se reservaba a personas
“especiales” que no circulaban por la calle
y si alguien padecía esta enfermedad, lo
ocultaba para no ser considerado un “loco” o
“enfermo mental”. Actualmente, sabemos que
éste es un mal que puede atacar a cualquier
persona, sana y “cuerda” en algún periodo o
en varios de su vida. Lo importante es
detectarla a tiempo y curarla con fármacos u
otro tipo de tratamiento. Como madres,
debemos estar conscientes de que los niños
también pueden pasar por esto alguna vez.
¿Cómo podemos ayudarlos?. Lo primero es
conocer las causas que originan dicha
enfermedad para actuar a tiempo y de manera
correcta.
Causas de la depresión Infantil:
Enfermedad prolongada o crónica.
Como en el caso de los adultos, las
enfermedades graves o prolongadas, o bien
aquellas con las que “se vive”, son causa de
depresión en los niños. El hecho de
permanecer hospitalizados contribuye a la
aparición de dicho mal porque hace que los
pequeños se encuentren pasivos y aislados de
otros niños perfectamente sanos y activos.
Lo peor es que ese hecho hace que estén muy
conscientes de lo que no tienen: salud,
agilidad, una piernita o la capacidad para
hablar o ver.
Conflictos del medio ambiente.
Todos los niños tienen conflictos, pero
también la capacidad para superarlos. Sin
embargo, puede haber casos en que el
problema no se resuelva rápidamente y
desencadene un cuadro depresivo.
Los conflictos pueden ser de índole
familiar, social o escolar, pero algunos por
ser prolongados o no tener el apoyo
necesario pueden causar depresión; por
ejemplo, una muerte, un divorcio, el rechazo
social, el fracaso escolar o pérdidas
económicas que modifiquen sensiblemente la
forma de vida, etc.
En otras palabras, en estos casos la
depresión es una forma poco sana o desmedida
de responder a lo que la vida nos va
deparando. Como siempre, los pequeños no son
responsables de sus respuestas patológicas,
sino las personas que nos hacemos cargo de
los.
Es como si le diera gripe a un pequeño que
está mal nutrido y no tiene un techo y una
cama caliente para dormir. La reacción a esa
aparente gripe será una pulmonía o una
bronquitis, que sería la forma “poco sana”
de responder.
Es importante saber que el niño se encuentra
más vulnerable a deprimirse cuando se separa
de la madre en los primeros meses de vida
que cuando tiene 3 ó 4 años. Por otro lado,
la muerte de uno de los padres durante la
adolescencia suele ser más difícil de
afrontar que cundo se tienen 2 ó 3 años
debido a que el pequeño a esa edad no
comprende bien qué es lo que hace su papá en
el cielo cuando hay tantas actividades que
podría hacer aquí en la tierra.
Causas internas
Los desórdenes hormonales, enfermedades
congénitas o factores hereditarios son otras
causas que provocan depresión. En general,
es todo lo que podemos atribuir al
funcionamiento de nuestro cuerpo. Muchas
veces se ha observado que las madres de los
niños deprimidos presentan o han presentado,
depresiones a lo largo de su vida. Se ha
visto también que antes de la pubertad la
depresión es más común en los niños que en
las niñas; por su parte, las estadísticas
demuestran que el hijo mayor de casa es uno
de los más frágiles y vulnerables para
padecerla.
¿Que hacer?
Hazle caso a tu sexto sentido
Nadie conoce mejor a tus hijos que tú misma.
Ni la más experta psicóloga percibe mejor
los cambios en un pequeño que la madre que
convive a diario con él.
El primer diagnóstico es el de la madre. Por
eso, hazle caso a tu sexto sentido que te
dice que algo anda mal, que lo notas triste,
aislado, sin apetito o sin sueño. Debemos
repetir e insistir en que un solo síntoma no
es determinante, por eso es importante que
le hagas caso a tu natural sabiduría de
madre para no alarmarte porque “hoy” no
quiso comer o pasó mal la noche.
Si notas en tu hijo cambios significativos y
muy marcados por un tiempo (más de dos
semanas) es el momento de pedir ayuda a un
psicólogo o un siquiatra infantil. Pero
antes pregúntale a sus maestros o a las
demás personas que tienen contacto con él si
esto ocurre todo el tiempo. Quizá se trate
de un problema específico con alguien o con
algo y no de una depresión generalizada.
Promueve que los niños hablen de sus
sentimientos
Muchas veces los pequeños no saben cómo
explicar lo que sienten y dicen que les
duele el estómago o la cabeza cuando están
angustiados, presionados o preocupados.
Cuántos niños desfilan por la enfermería del
colegio con diferentes achaques cada semana
y lo único que dicen con esa conducta es
“háganme caso, me siento mal, pero yo no sé
lo que me pasa” .
Si el pequeño ya fue revisado por su
pediatra y éste no encuentra padecimiento
físico alguno, lo más probable es que su
cuerpo esté expresando males afectivos. Hay
que ayudarlo a hablar de sus sentimientos y
a que los ponga en claro.
Esto se podría ejemplificar con ayuda de
animales, un ejemplo bien podría ser, “el
pequeño perrito estaba angustiado y por eso
sentía como un vacío en su estómago; los
perritos que ven pelear a papá y mamá se
angustian”. Con los niños pequeños, los
animales sirven para hacer historias y de
esta forma facilitar que coloquen su propia
problemática en esos personajes imaginarios.
Con niños de 6 años y mayores ya podemos
hablar de la diferencia entre enojo y
tristeza, coraje y miedo, etc. Con pacientes
pequeños se suele jugar a encontrar palabras
e imágenes en una serie de tarjetas que
expresen cómo nos sentimos para luego
clasificarlas. Por ejemplo, distinguimos las
que usamos cuando mamá no nos deja hacer
algo, cuando extrañamos al abuelo o a papá o
cuando el hermano pequeño nos ha roto
nuestro mejor dibujo.
Más adelante, ellos mismos se identifican y
son capaces de relatarnos sus sentimientos
con respecto a lo que les sucedió durante la
semana. Si los niños pueden hablar de lo que
sienten, no necesitan “ tragarlo” e
instalarlo dentro de ellos mismos originando
una depresión.
Favorece que tus hijos vivan
experiencias positivas
Nuestras vidas se nutren de
momentos felices y son éstos los que nos
ayudan a enfrentar las circunstancias
difíciles. Siempre que puedas, llena la vida
de tus hijos de experiencias positivas, de
risas, y de eventos satisfactorios para que
se preparen para la vida.
Tememos mucho que sufran, pero valoramos
poco lo que disfrutan y muchas veces un
evento positivo disminuye el impacto de un
suceso negativo previo. Simplemente observa
la risa de los niños dentro de un hospital
ante la visita generosa de un animador, de
un payaso o de una voluntaria con un títere
en la mano.
Parece increíble que algo tan sencillo
arranque la risa espontánea en niños que han
sufrido maltrato o enfermedades fuetes. El
apoyo familiar, la relación con un nuevo
amiguito, el contacto con una mascota,
recibir una carta, escuchar un chiste o
recibir un estímulo de un maestro fortalecen
la autoestima de los pequeños y con ello se
forma una barrera de protección importante
contra la depresión infantil.