Jugar, para
los bebés, es una forma de conocer el mundo
y conocerse a sí mismos. Los ayuda a
socializarse. Es una tarea tan productiva
como el trabajo para los adultos y, de la
misma forma que a los grandes, les permite
aumentar la autoestima. Por eso no es bueno
que los chicos resten demasiadas horas del
jugar, como acción, frente al televisor o a
la computadora.
El bebé empieza a jugar desde que nace. Pero
juega de una manera especial: comienza
jugando con la mirada y con la boca. Con la
mirada, a través de reflejarse en los ojos
de su mamá y viendo lo que ella le devuelve.
Y con la boca a través de la teta o de la
mamadera, recibiendo no sólo alimento para
el cuerpo, sino para el ser, el amor y la
futura propia identidad.
Luego, el bebé empieza a chuparse la mano y
descubre que tiene boca. De esta forma
comienza a reconocer su cuerpo. Estos
descubrimientos representan juegos para el
bebé y, por lo tanto, le dan mucho placer.
Una de las características principales del
juego es precisamente permitir la diversión,
el disfrutar, el goce y el placer. A partir
de que el bebé reconoce que tiene manos,
puede comenzar a interactuar con objetos
externos. Por ello lo primero que hace es
llevarse todo a la boca. Recién ahí los
adultos consideran que los chicos empiezan a
jugar, cuando interactúan con objetos
externos. Pero en realidad antes pasaron por
todo este recorrido de autoconocimiento que
también constituye un juego, con objetos
propios.
Jugar es cualquier producción que el chico
haga: dibujar, pintar, recortar, amasar con
plastilina, juegos de mesa, con muñecos.
Todas estas acciones están hablando del
jugar como producción.
El juego es creativo del mundo interno. Todo
lo que el chico siente que le está pasando
lo recrea en el juego, en el mundo externo.
Así, mediante el juego, el chico revive lo
que le está pasando en su mundo interno.
Vive activamente algo que vivió pasivamente,
ya sean situaciones traumáticas,
angustiantes, de alegría, de estrés.
Actualmente los chicos ya no juegan todo lo
que deberían. A veces la escuela y el jardín
son los únicos ámbitos en los que el chico
juega. Los padres viven tan estresados que
no se sientan a jugar con ellos. También
pasan muchas horas frente al televisor o
computadora.
No quiere decir que esté mal que jueguen con
la computadora. Pero es un tipo de juego muy
diferente que en el que se pone todo el
cuerpo. Por más que tenga toda una pedagogía
atrás, por lo general son juegos de
racionalización, de intelectualización,
donde muchas veces no hay elaboración de
situaciones vividas por el niño, de
conflictos, de emociones y de crear
situaciones nuevas.
Los chicos de hoy muchas veces no tienen
tiempo para jugar y esto es muy delicado.
Porque últimamente se ven muchos casos de
estrés, con sobre adaptación, con graves
problemas de neurosis -cuando son más
adultos-, falta de límites o chicos que
están totalmente agresivos porque no tienen
la posibilidad de descargar en el juego todo
lo que sienten y les pasa.
Es muy importante que los padres puedan
recuperar este espacio de jugar, ya que esto
acerca a los padres y los hijos, abre vías
de comunicación. A través del juego los
chicos nos pueden decir cosas que les están
pasando.
El juego les permite desarrollar la
confianza en sí mismos y en el otro. En sí
mismos, porque al poder jugar solos, saben
que quien no está presente en ese momento,
existe en otro lado. Desarrollan la
autoestima, porque son capaces de producir
algo. Cuando el chico juega no hay que
invadirlo, no hay que interferir, hay que
darle tiempo. También es importante no
obligarlo a que juegue si no tiene ganas.
Muchas veces los chicos parecen
desordenados, dejando los juguetes tirados.
Pero a veces no se trata de desorden, sino
que esto es también parte del juego. Y si un
adulto se lo saca, está interfiriendo.
Cuando el chico termina de jugar se le puede
enseñar que las cosas tienen un lugar y que
hay que guardarlas. Pero mientras tanto hay
que darle la posibilidad de manifestarse,
palpando, tocando actuando y jugando a su
manera en este mundo.