Bañar a nuestro
hijo tiene que ser mucho más que una rutina
higiénica ineludible. Debe convertirse en un
rato de intensa comunicación afectiva con él
que hay que aprovechar al máximo. Al placer
que le proporciona el contacto con el agua
(unas veces es relajante y otras,
estimulante), se añade la sensación de
bienestar al sentir los brazos de mamá sobre
su cuerpo.
Es importante que el niño pueda vivir estos
momentos sin sobresaltos. Por este motivo,
la persona encargada de su higiene debe
estar a gusto, relajada y tomarse todo el
tiempo necesario para disfrutar del momento
y trasmitir su bienestar al bebé.
No es necesario utilizar jabón todos los
días. También se le puede dejar que chapotee
en agua clara, sin más. El bebé nos lo
agradecerá.
Equipo necesario
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Una palangana o
un barreño también sirven para el
baño, siempre que no tengan aristas
que dañen su delicada piel.
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La bañera con
patas, convertible en cambiador y
con departamentos para los
accesorios, es una opción muy
práctica.
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Además de una
esponja y otros útiles, en el baño
no puede faltar algún juguete o
mascota de goma que divierta y
estimule al bebé.
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La toalla debe
ser suave y lo suficientemente
grande para que cubra su cabeza y su
cuerpo. Es mejor no lavarla con
suavizante, pues puede provocar
alergias.
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Aunque la mayoría
de los productos cosméticos para
bebés suelen ser muy suaves y con un
pH neutro, no conviene abusar de
ellos, sobre todo los primeros días.
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Al terminar el
baño, debemos sacar al bebé del agua con
cuidado y envolverle en una toalla suave y
grande (es mejor no lavarlas con
suavizantes, pues pueden provocar alguna
alergia en su delicada piel). Luego hay que
proceder a secarle con meticulosidad, pero
sin ser enérgicos. Atención a la temperatura
del cuarto.