Aunque en las últimas décadas ha variado la
definición de esta enfermedad, existen dos
conductas que definen esa condición. Un
joven es alcohólico cuando necesita tomar
todos los días o cuando se emborracha cada
vez que toma porque no tiene capacidad de
parar.
La importancia de la genética:
Pero el componente genético, también es
determinante. Estudios norteamericanos han
comprobado que el cerebro de ciertas
personas convierte el alcohol en una
sustancia química de gran dependencia.
El cuerpo humano transforma el alcohol en
acetaldehído, sustancia muy tóxica, que,
luego de un proceso químico, felizmente se
elimina como dióxido de carbono y agua. En
personas genéticamente predispuestas, en
cambio, una pequeña cantidad del venenoso
acetaldehído no es eliminada y se va al
cerebro donde se convierte en productos que
pueden causar dependencia.
Esta sustancia, la misma que produce el
cerebro con la heroína, es un sedante de
fuerte grado de adicción. Su cerebro va
guardando esta sustancia hasta que, en algún
momento de la vida, se transforma en
alcohólico. No se sabe por qué a algunos les
ocurre de jóvenes y a otros, ya jubilados.
Lo cierto es que esa persona se siente
impulsada a beber aunque sabe que se está
dañando. Pierde el control sobre su consumo
y el dejarlo trae síntomas de abstinencia,
como ansiedad y temblores. Está enfermo.
Enseñar a tomar desde chico: la gran
mentira
Con estos descubrimientos se echa por tierra
la idea de enseñar a tomar. En
muchas familias se sirve a los niños un poco
de vino u otro trago para que aprendan.
Esto hará que les guste, tomen y, sin
saberlo, acumular esa sustancia nociva.
Antes el control social era más fuerte. No
había tanto acceso al alcohol, ni plata y
era mal visto emborracharse. Ahora es más
fácil. Por eso es importante tener presente
que, por genética, unos tienen mejor
"cabeza" que otros. Mientras más tarde
"aprendan a tomar", mejor.
Tomar las decisiones adecuadas
Por otra parte, una manera de evitar que los
hijos sigan los dictados del grupo
es enseñarles a confiar en sí mismos. La
base se establece en la infancia. Pero nunca
es tarde para empezar a desarrollarles la
seguridad confiando en ellos y
apreciándolos. Los jóvenes necesitan
aprender a tomar decisiones, evaluar los
costos y beneficios, los riesgos y
consecuencias de lo que quieren hacer. Así
sabrán elegir por sí mismos.
Predicar con el ejemplo
Pero, para ir contra la corriente, es
necesario también padres que sirvan de
modelo de comportamiento, es decir, que no
vivan en torno a las bebidas alcohólicas
vespertinas o al trago a toda hora. Poner
límites y saber dónde están los hijos y con
quién, sin distinción de edades ni sexos.
Además de estar informados para conversar en
un clima de respeto. Muchos no quieren oír
hablar del tema. Por no hacerse problemas,
sentirse frustrados o defraudados. Los
padres le entregan toda la responsabilidad
al colegio. Pero hasta el padre menos idóneo
está mejor preparado que cualquier
especialista para enfrentar estos temas.
Pero no hay que olvidar que la ciencia ha
probado que el alcoholismo es una enfermedad
y que, con el tratamiento adecuado, se puede
mejorar.