Diversos
estudios han acumulado pruebas que avalan la
existencia de una serie de acciones
biológicas de los carotenoides, entre las
que se incluyen, además de la actividad
antioxidante, efectos beneficiosos sobre el
sistema inmunológico, el control del
crecimiento y la diferenciación celular y la
estimulación de la comunicación
intercelular.
Además de
reforzar el sistema inmunológico, reduce el
colesterol y el ácido úrico y previene el
infarto.
Se puede tomar
crudo, frito, en salsas y mejor aun como
zumo y gazpacho.
Contiene además
vitaminas A y C, fósforo, hierro y calcio.
Otra
investigación de la Universidad de Cornell
(Nueva York), apunta que los ácidos p-cumánico
y clorogénico, presentes en el tomate
impiden la formación de nitrosaminas y de
nitrosamidas por lo que podrían tener efecto
anticancerígeno.
Dichos ácidos
también se encuentran de forma natural en
otros vegetales como las zanahorias, las
fresas, los fresones y la piña.
Es un alimento
poco energético, dos tomates medianos tan
sólo aportan 22 calorías. Aproximadamente el
95% de su peso es agua, cerca de un 4% son
hidratos de carbono. Se le considera una
fruta-hortaliza ya que contiene mayor
cantidad de azúcares simples que otras
verduras, lo que le confiere un ligero sabor
dulce.
Por otro lado,
un buen zumo de tomate natural constituye un
excelente saciante para controlar el hambre.
Se recomienda tomar antes de la comida un
vaso de zumo de tomate hecho en casa y
agrégale una pizca de sal, algo de pimienta
negra recién molida y un cubito de hielo.
Importado del
otro lado del Atlántico en el siglo XVI, el
tomate se adaptó bien al suelo de la Europa
mediterránea, pero le costó pasar a formar
parte de las costumbres culinarias del viejo
continente. Tuvieron que pasar 200 años para
que esta solanácea roja se considerase algo
más que una planta ornamental. Pero una vez
se le cogió el gusto, el tomate se convirtió
en ingrediente fundamental de la dieta
mediterránea, particularmente en zonas donde
era sencilla su maduración al sol, y
finalmente ganó el paladar de los países del
norte en su empeño por cultivarlo.
Elegiremos los
tomates frescos, con la piel lisa y suave al
tacto, sin reblandecimientos ni manchas en
la piel ya que esto último nos indica que el
producto está deteriorado. Conviene
comprarlo semimaduro porque sigue respirando
(madurando) durante el almacenamiento. Si se
va a consumir crudo conviene lavarlo con
abundante agua y unas gotas de lejía, para
eliminar cualquier germen. No necesitan
condiciones especiales de conservación,
aunque pueden refrigerarse. Entero, se puede
guardar -preferentemente en la nevera- de 6
a 8 días y en zumo natural o triturado, se
conserva un máximo de dos días. Su piel y su
acidez, permiten que no haya pérdidas
significativas de vitaminas. El tomate crudo
no resulta apto para la congelación ya que
se reblandece, aunque si se pueden utilizar
para cocidos, guisados y salsas.