Aquellos que
empiezan el día con el estómago vacío pueden
perder, hacia el final de la mañana, hasta
un 15% de su capacidad para memorizar. Por
eso, el desayuno debe contener pan integral
con aceite o mantequilla, que aportarán
hidratos de carbono y vitaminas B y A; una
bebida para rehidratar el cerebro; fruta
para que sus vitaminas y antioxidantes nos
ayuden a luchar contra los radicales libres
que provocan el envejecimiento, y un
producto lácteo (leche, yogur, queso), para
cubrir la dosis diaria de calcio y vitamina
B que el organismo necesita.
Una cerebro en forma debe también contar con
ácidos grasos Omega-3, son grasas
poliinsaturadas que el organismo no puede
fabricar por sí sólo y que puede encontrar
en los aceites vegetales, en algunas
verduras de hoja verde y, sobre todo, en los
pescados azules (atún, sardinas, salmón...).
Numerosos estudios sobre la enfermedad de
Alzheimer demuestran que tomar regularmente
ácidos Omega-3 de origen marino preserva la
actividad cerebral. Y otra sugerencia: para
mejorar las conexiones entre neuronas, es
necesario reducir al máximo las grasas
saturadas (de origen animal), que elevan el
nivel de colesterol y dañan nuestro corazón.