Desde la
publicación de su best seller The Wrinkle
Cure (Warner Books), hace unos cinco años,
el dermatólogo Nicholas Perricone ha
estimulado la pesca del salmón tanto o más
que la industria de dietas de belleza. Los
beneficios de sus propuestas de menús
antioxidantes y antiinflamatorios son
difíciles de ignorar. ¿Una piel suave,
radiante y con menos poros en 72 horas?
Pocas cremas pueden rivalizar con estos
resultados. De ahí que gran número de
médicos añadan listas de la compra a sus
prescripciones.
Mientras que la conexión entre comida y piel
es indiscutible, nuevos estudios desbancan
las antiguas creencias. Los jóvenes huían
antes del chocolate y de las patatas fritas
para evitar el acné. Pero investigaciones de
Harvard demuestran que ninguno de ellos lo
provoca. Sin embargo, los lácteos sí podrían
desatarlo. Las dietas más actuales son las
de la dermatóloga neoyorquina Doris J. Day,
cuya nueva guía antiedad, Forget the
Facelift (Avery Books) contiene un plan para
obtener una piel radiante en cinco días. Yo
misma lo he seguido y te lo cuento en
primera persona.
EL PUNTO
DE PARTIDA
Recién cumplidos los 26 años, me empieza a
invadir la ansiedad antiedad. Tengo la piel
pálida, me suele salir algún granito y
últimamente he descubierto una preocupante
arruga en la frente. La dieta de la doctora
Day dura dos días más que la del doctor
Perricone, pero la prefiero porque no
precisa un esfuerzo extra en mi régimen de
cuidados. Lo primero que me llama la
atención al conocer a Day, que es una
asistente del profesor de Dermatología del
University Medical Center de Nueva York, es
su delgadez. Me cuenta que creó su propia
dieta hace años, leyendo los resultados de
investigaciones académicas en su tiempo
libre, para solventar un problema de
sobrepeso. A pesar de haber bajado casi 25
kilos en un período de 10 meses, su piel no
ha sufrido las consecuencias normales de una
pérdida de peso de tal magnitud. Ella cree
que comiendo durante cinco días frutas y
verduras, con algunas proteínas en cada
comida y una barra de chocolate negro a
diario, incrementaré los niveles de
hidratación, elasticidad y luminosidad de mi
piel. «Los productos tópicos producen
beneficios superficiales, como la protección
frente a los agentes ambientales, pero comer
antioxidantes causa cambios sistemáticos que
reflejan un impacto en la piel a niveles más
profundos», comenta.
De todos modos, su colega Fredric Brandt,
médico dermatólogo de Nueva York, es algo
escéptico al respecto. «Aparte de la
deshidratación y la retención de líquidos
debida al consumo de sal, no existen más
evidencias de que la alimentación pueda
crear cambios inmediatos en el aspecto de la
piel. Las fluctuaciones hormonales son las
únicas responsables de estos cambios»,
explica Brandt. Aun así, éste mide la
elasticidad de mi piel –que está por encima
de la media– y la pigmentación y las rojeces
–ambas normales para mi tipo de piel–. La
máquina de diagnóstico de Lancôme de unos
grandes almacenes de mi barrio determina que
tengo la piel deshidratada. Mi epidermis
contiene sólo un 33% de agua (un 40% sería
la media para alguien de mi edad), y mi
surco de la frente no es un arruga
–todavía–, sino una marca de sequedad.